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(…) Fernando, La Candelaria. La presencia más viva de nuestro paso por Bogotá. Tremendo hombre este Fernando. Imaginación, ternura, arte y un corazón que bombea palomas picassianas al respirar. Compañero de Claudia, la hermana mayor de Marcela. Compañero y teatrero, pero de los grandes. De esos que que proyectan su presencia sobre el escenario y su sombra convierte el arte en militancia de futuro. Y también de esos seres cronopiales que son gigantes de cada día ocultos tímidos tras la humildad de una nariz chata que siempre apunta al cielo, como los ojos de los payasos.

Fernando y La Candelaria, arte de denuncia frente a la muerte. Actores geniales que aletean valientemente en la vida cultural colombiana. Invitados por Fernando, tuvimos el honor de asistir a dos obras del grupo: “Guadalupe, años sin cuenta” y “El viento y la ceniza”. Difícil encontrar en las palabras la expresión de este sentimiento profundo que se maravilla ante la inteligencia vestida con ternura. Sentir que los caminos individuales pueden cruzarse inesperadamente, y qe ya no es posible ignorar el compromiso de la amistad (…..). (Alicia Rosales)

 Teatro La Candelaria / Obra: “El Paso”

 Teatro La Candelaria / Obra: “El Paso” (Fotos: PAMR)

PEÑUELA Y SU ÚLTIMA TRAS-ESCENA
24/09/2011 (Contra Escena)
La evidencia de la muerte es terrible cuando comienzan a morirse los amigos. Pero más terrible es cuando los amigos que se mueren son actores. Porque la evidencia del arte de lo efímero es mucho más grande, mucho más irremediable, te toca reconocer ahora sí que no va más, que las obras en las que actuó tu amigo se fueron para siempre, a la boca negra de un escenario que no tendrá luz nunca jamás. Acabo de recibir la noticia de la muerte del actor del Teatro La Candelaria Fernando Peñuela. Hoy, cuando el grupo continuaba celebrando sus 45 años triunfales, la desaparición de uno de sus miembros nos deja un vacío en la espalda, como si una parte de nuestras vidas se nos fuera, a ese país de nunca jamás que protagonizó el finado en el rol de Aldo Tarazona Pérez, en la inolvidable pieza de Santiago García titulada “Maravilla Estar”.

Cuando recibí la noticia, en la noche del 22 de septiembre de 2011, terminaba de ensayar con mis jóvenes estudiantes de actuación y dirección de la Academia Superior de Artes de Bogotá. Me quedé mudo. No dije nada y continué el ensayo. Al día siguiente, es decir hoy, esta mañana, antes de escribir estas líneas tembleques, los chicos presentaron las escenas ensayadas el día anterior y luego fueron evaluados por sus maestros. Allí les dije lo que había pasado y traté de explicarles la importancia de Fernando Peñuela para la historia del teatro colombiano. No sé si lo hice bien, pero ahora trataré de repetirlo, porque en los periódicos se falsean los datos y los que escriben grafitis virtuales precipitados, ni siquiera saben a quién están insultando.

Reviso mi ejemplar autografiado del libro que publicó el Teatro La Candelaria cuando cumplió 30 años. Allí está la firma y una emocionada dedicatoria de Peñuela. Reviso las fechas. Su nombre comienza a figurar en los repartos del grupo desde 1974, desde la obra “Vida y muerte Severina” de Joao Cabral do Melo Neto. Toda una vida. Si uno se pone a hacer sumas de todas las veces que Peñuela se subió a un escenario, no le alcanzarían los dedos de la memoria como para poder abarcar su gesta. Él estuvo allí, desde muy joven, pasando de los roles corales a los personajes protagónicos con rápida eficacia. Eran los tiempos en los que uno comenzaba a pensar que Santiago García y su grupo tenían un secreto pacto sobrenatural, para producir prodigios  teatrales en medio de la pobreza de su entorno. Cuando se estrenó “Guadalupe: años sin cuenta”, el aplauso fue total. He allí una obra maestra. Y sin Peñuela, el asunto hubiera sido muy distinto. Sin su voz y sin su cuatro, Guadalupe hubiera sido otra cosa. De hecho lo sentimos así, quienes acudimos a la lectura de la obra, hace alguna semanas, en el homenaje que les hizo el Teatro Julio Mario Santodomingo, para celebrar los 45 abriles. Peñuela no estuvo, porque ya se había retirado del grupo y no sabemos qué fatalidad inenarrable se preparaba en su cerebro. Peñuela no estuvo y los que nos sabíamos la pieza de memoria añorábamos su canto gutural, su india morronga, su guardia presidencial desorbitado.

Cuando se estrenó “Guadalupe…” yo era un adolescente caleño, que empezaba a estudiar teatro en Bellas Artes. Una de mis profesoras era la actriz Vicky Hernández, que ya había formado parte del elenco de la antigua Casa de la Cultura. Gracias a ella, comencé a hacerme amigo de los héroes de La Candelaria y desde esos lejanos y agitados años setenta comenzó a forjarse una amistad que se mantiene hasta hoy y, a estas alturas del partido, ya será para siempre.
E intento contar una anécdota: cuando fui por primera vez a los Estados Unidos, Peñuela me pidió que le llevara “un paquetico” a una amiga en New York. Yo le dije que sí y la víspera de irme recibí un sobre sellado para que entregara en el Lower East Side. Mi mamá me había dicho que no le recibiera paquetes a nadie, porque podía ser víctima de un Golpe de Suerte. Así que, en el aeropuerto, me metí al baño y abrí el sobre de Peñuela. Contenía una carta y una peineta. Volví a cerrarlo y lo entregué cuando llegué a New York. Años después, le conté la anécdota a Fernando y él me juraba que nunca le había mandado una peineta a nadie y menos al imperio norteamericano, donde sobran las peinetas. Ya eso no importa, por supuesto, nunca ha importado, pero me encantaría que se hubiera perdido la peineta y no Peñuela, entre los laberintos que no tienen salida.

Poco tiempo después, La Candelaria consolidaría su genio con los “10 días que estremecieron al mundo”. Luego siguieron, una tras otra, obras y obras que nos han hecho felices y, de alguna manera, mejores seres humanos. Peñuela siempre estuvo allí, en “La historia del soldado” y “En el diálogo del rebusque”, fue protagonista de “Corre, corre, casqui Carigüeta” y un conquistador de 500 años en “El viento y la ceniza”. A mediados de los años ochenta, incursionó en la dramaturgia con una de las obras más divertidas del grupo: “La tras-escena”. Todavía suelto carcajadas solitarias recordando su rol del indígena que no quiere presentarse en un melodrama sobre el Descubrimiento de América, hasta que no le garanticen el pago. Y sigo con la remembranza, que harto me gusta: en el 88, se estrenó otra de sus piezas maestras, “El paso (parábola del retorno)” donde Peñuela fue un romántico músico de serenatas que intenta seducir en vano a la actriz Martha Osorio. Luego, consolidaría su genio interpretativo en “Maravila estar” el delirio carrolliano de Santiago García, donde Peñuela fue genio y figura. Más adelante, vino la enigmática “La trifulca”, la endemoniada “En la raya” y, de nuevo, “Tráfico pesado”, con dramaturgia del desaparecido Fernando: tres historias urbanas, misteriosas, terribles y felices, que alguna vez filmé y luego incluí en el documental titulado “Recreación colectiva”, realizado en el 2006.

Siguió “Manda patibularia” (versión de García de una novela de Navokov) y el nuevo milenio se inauguraría con la cima interpretativa de Fernando Peñuela, realizando un Sancho Panza brutal, para la versión de “El Quijote”, según la adaptación del mismo Santiago García. Luego vendría “De caos & deca caos” y “Nayra (la memoria)”, obras únicas, construidas a sangre y fuego sobre la escena, donde Peñuela se desbarató las tripas con sus compañeros, manteniendo y venciendo con la constancia lo que la dicha nunca iba a alcanzar. Pero vino la crisis, la incertidumbre, la duda, el peso de la vida y de los años. Peñuela incursionó en otras disciplinas y siguió colaborando con el Teatro La Candelaria, hasta que la paciencia le cerró la puerta y el artista que hubo en él se fue a buscar otros escenarios más propicios. El resto es silencio.

Quiero quedarme, como supongo todos sus amigos lo quieren, con el recuerdo de un grande, de un hombrecito que se la jugó toda por el teatro y consiguió inventarse un universo, en compañía de un grupo que no tiene comparación en este mundo ancho y cansado. Quiero quedarme con el Fernando Peñuela maquillado, alerta, atrabiliario, juguetón, solemne, irreverente, crítico, agitado. Quiero quedarme con la lanza de un guerrero que se la supo jugar toda y entregó su vida al reino de la duda. La máscara de la muerte reposa ahora sobre su cara que tantas caras tuvo. Y ese quizás, es el premio de consolación que nos queda ante la desaparición total: el recuerdo, las lágrimas y los abrazos de los cómplices, los escenarios, las imágenes filmadas, la función del día de mañana.
Chao, Fernando Peñuela. Tus amigos, tu público, tus colegas, tus compinches, abrimos la última botella y regamos un poquito sobre el piso, para que bebas con nosotros. Y procura no llorar: nosotros lo haremos en tu nombre. Duerme tranquilo.

Fuente: http://www.vive.in/blogs/bogota/un_articulo.php?id_blog=3630999&id_recurso=450026378