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Aggiornamento

Según parece, septiembre es el mes de las separaciones y los divorcios. Las razones, evidentes. La convivencia, lejos del ars amandi, mina, en esta agitada época de turbocapitalismo, las relaciones personales: demasiado tiempo libre; demasiada individualidad. En mi caso, encerrado, persianas bajadas, ensalada y latas, fruta de supermercado, tabaco rubio —«lo tengo rubio», coreaban en la madrileña Gran Vía—, películas antiguas y algo de literatura, nada temo. Vuelvo al trabajo como el que regresa de la guerra: cansado, polvoriento y demacrado. Vengo de Libia, un fin de semana largo de acción, por aquello del sobresueldo. He perdido la mano con los morteros. Miles de mercenarios, nóminas de Occidente, recorren el país en camioneta: la prensa libre los llama rebeldes o insurgentes. Libia es una reserva espiritual de petróleo: un caramelo para Francia, ahora que su presidente, alzado del suelo por discretas plataformas, va a ser padre. Empiezo, mientras la cantarina juventud de Ratzinger muestra su poder en la capital, la lectura de La mano invisible de Isaac Rosa, que he cogido prestado del despacho peninsular. El mundo del trabajo, el hilo rojo laboral, preside el texto. Rosa es un joven sevillano que descerrajó los cielos literarios con El vano ayer (2004). Los libros, otoño caliente, se acumulan en las cajas. Abro y cierro, curioso. Veo a Willie Toledo, actor, Razones para la rebeldía y a Manuel Fernández Monzón, general, Una vida revuelta. Está visto que Península apuesta, fuerte y con templanza, por una crítica diversidad ideológica. Fumo en la puerta. Mi amiga barrendera (no recuerdo su nombre), riega la acera y me guiña un ojo burlón. Todavía no soy invisible, pienso.

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