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Voracidad lectora

He vuelto de Libia con pulgas en el estómago y heridas en los dedos de tanto disparar. Para lo primero, antibióticos y dieta; lo segundo es leve. Encerrado en casa, persianas bajadas, aprovecho los últimos días de reposo para ponerme, misión imposible, al día. Leo Oficio editor de Mario Muchnik (El Aleph), Acceso no autorizado de Belén Gopegui (Mondadori), Cómo cambiar el mundo de Eric Hobsbawm (Crítica), El seminarista de Rubem Fonseca (RBA), Cuentos reunidos de Malamud (El Aleph), El violento oficio de escribir de Rodolfo Walsh (451), Crónica personal de Conrad (Alba), La carte et le territoire de Houellebecq (Flammarion), Una historia sencilla de Luis Velasco Blake (Caballo de Troya) y Hammerstein o el tesón de H. M. Enzensberger (Anagrama). Releo, con motivo de su definitivo viaje ―la verdadera consagración en España― Federico Sánchez se despide de ustedes (Tusquets, 1993) de Georges, Jorge, Semprún y repaso las palabras que el linajudo ministro de Cultura, nuestro pequeño Malraux nacional, le dedicó a Alfonso Guerra. Si existe eso que algunos llaman “racismo de clase”, hay párrafos que quizá merecerían esa consideración. Extraño e impropio, en cualquier caso, para el hombre moral de Buchenwald. Harto de esto, de menudencias, vuelvo a uno de los grandes y, de tirón, devoro Todo modo y Muerte de un inquisidor (Tusquets), antes Bruguera, de Leonardo Sciascia. Me duelen los ojos (de escuchar a los muertos, por decir con Quevedo) y las palabras bailan (sobre la tumba de Boris Vian). El miércoles vuelvo a la actividad. Escaleras, llaves, pitillos nocturnos, galeradas, cubiertas a medio terminar: el universo editorial en marcha. Mi casa. Mientras quieran.

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