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“La cucaracha de McCarthy”

manuel-fernc3a1ndez-cuestaAyer, mientras hacía la ronda, me encontré una cucaracha rubia. Pese a las trampas y la limpieza, aparecen. Parecía distraída, ausente. Recorría con parsimonia la página de un libro abierto sin perder la rectitud del renglón. Si no fuera imposible, diría que estaba leyendo. Al acercarme -el ruido de las llaves (sólo me falta el chuzo para parecer un sereno) despertaría a un muerto- se escabulló debajo de una caja. Recogí el libro. Era la edición catalana de La carretera, Edicions 62, el último escorzo lírico de Cormac McCarthy. Recuerdo haberlo leído hace unos meses, cuando fue lanzado -la nueva obra maestra del huidizo autor de Meridiano de sangre- desde una cadena de televisión norteamericana. La obra, por decir algo, es negra, simbólica, polvorienta y apocalíptica. Esto de ser “apocalíptica” es expresión grave, de especialista en literatura anglosajona, y uno sólo es triste custodio -diferente, sin duda, al personaje de Trollope- por horas. La carretera impresiona debido a la crudeza de las situaciones descritas. Nada como una palabra oportuna, escalofriantes sensaciones, diálogos eléctricos. Si tuviera un amigo le hablaría de esta novela. Hay libros con los que uno -la poética del regalo y su valor de cambio presente desde Grecia- siempre queda bien. Al cabo de un rato, hay que saber esperar con paciencia, la cucaracha salió de su escondite. Avanzó -quizá buscando el libro- hasta quedar aislada, lejos de los recodos, en medio de ninguna parte. Con gesto rápido la pisé. Al juez Holden -pensé ufano- la escena, imaginaria o real, le hubiera conmovido.