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Lágrimas en Heathrow

He estado en Libia, vacaciones y sobresueldo, disparando contra mercenarios franceses. Monsieur Bruni, desde la altura de sus zapatos de tacón cubano, quiere dividir el país y quedarse con el petróleo. Ni la UE ni Obama, sin embargo, lo ven tan claro: es la política del Hexágono en África, su tradición colonial. Regreso con escala en Londres. Sentado en el centro comercial de la Terminal 3, una chica asiática, veinte años máximo, lloraba. Hablaba por teléfono y lloraba. Cosas del amor, imaginé. Junto a ella, en banco cercano, una familia de saudíes o asimilados, Ipod, Ipad, portátiles varios, miraba hacia otro lado. Terminó la conversación, se recogió el pelo con una goma y ocultó su desconsuelo con las manos. La escena era triste, casi conmovedora. Al levantar la vista, su mirada se cruzó con la mía. Sonreí con ternura pretendiendo decir que fuera lo que fuera, no era para tanto; que el amor va y viene (sentimiento sobrevalorado); y que, pese al dolor, estaba seguro que se recuperaría. Todo en un gesto. Nada más triste que la soledad ―y el llanto ahogado― en un aeropuerto. Su rostro, triángulo de gato joven, se iluminó con mi expresión. Bajó la vista (un ligero rubor de vergüenza) y sacó un pañuelo. Volví a mi lectura: La pena de Bélgica, Hugo Claus, (Debolsillo, 2011), pero no podía concentrarme. Sentía sus lágrimas. Busqué de nuevo aquellos ojos de agua. En ese momento se levantó para comprobar la pantalla. Recogió sus cosas, mochila, par de bolsas, y atravesó, con determinación, el pasillo central. Al pasar a mi lado dijo: thanks. Dudé entre enamorarme (de la situación) y recordar que el género humano es la Internacional. Opté por Althusser: «un comunista nunca está solo».

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