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Schiffrin

No acostumbro a enfadarme con personas o animales. Suelo evitar los enfrentamientos y los cruces de palabras hirientes u ofensivos, ya que, en esencia, me producen desazón y aburrimiento. Doble trabajo se dice: enfadarse y desenfadarse. La vida es demasiado breve como para gruñir a la gente que nos rodea. Mi ira (y mi munición, si queda) va dirigida hacia otro sitio: bancos, gobierno, multinacionales, el tardofranquismo sociológico que cabalga por las tierras de España, la miseria moral del mundo, la ignorancia creciente y galopante, las iglesias y sus ministros, etc. Enfadarse con un semejante, un ser cercano y querido, es como tirar piedras al mar pretendiendo que la ola no regrese: misión imposible. Estos días pasea por Madrid, Cuchilleros y la calle Toledo, abanico de periódicos bajo el brazo, el editor André Schiffrin, coincidiendo con la salida de su nuevo dardo, «El dinero y las palabras». Schiffrin habla ―la experiencia le arropa― de aumento exagerado de la rentabilidad, afiladas cuentas de resultados, porcentajes inalcanzables y despidos salvajes en el mundo de la prensa anglosajona. Insiste el maestro en la necesidad de preservar la biodiversidad cultural con librerías independientes y saluda la aparición ―fenómeno global― de pequeñas editoriales que rompan (o traten de romper) el violento monopolio macho de los grandes grupos editoriales. Leo en los periódicos sus reflexiones y busco el libro en el anaquel de Península: lectura obligada en el oficio, debería ser. Sospecho que en el negocio, actividad mercantil o lo que sea, cada vez se lee menos. El calor ha irrumpido en nuestras vidas low-cost y las primeras cucarachas, como mecánicas flores negras, han sembrado de carbón las calles del Raval.

Ediciones península

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