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Lo ñoño

El día que Cormac McCarthy, de vocación tremendista, decidió que el niño de La carretera viviría pensé que algo había cambiado en la literatura contemporánea. El fenómeno de la nueva emotividad, anterior a la novela —impulsado por la ola reaccionaria Reagan/Thatcher y la creación de una «sensibilidad de consumo»—, ha calado hondo en la sociedad welfare.Bienvenidos al mundo ñoño: la vida interior, felpudo de IKEA incluido. La emoción moderna —cultura de la subjetividad— construida con los despojos liberales del 68, pinceladas de autoayuda, sushi, tempura y leche de soja, Corporación Dermoestética, rebajas, patines urbanos, chinas de adopción, budismo de hipermercado y una extraña mezcla de Murakami, Auster, House y Mujeres desesperadas, por citar solo emblemas, ha conseguido el descontrol psicológico de una parte de la población. Entre el Lexatin y el Trankimazin, con sus variantes, anda perdida la razón colectiva del siglo XXI. Me miro en el espejo del baño: no encuentro acomodo. Salgo de turno y entro en una librería. Hábil de manos —fui carterista en Bagdad— robo, sin fuerza en las cosas, Todo está perdonado de Rafael Reig (Tusquets, marzo, 2011). Mi padre murió en una playa, cigarrillo en mano, mecido por el mar, cerca de San José de Costa Rica (septiembre de 1999). Estos días el país vuelve, verde y sensual, con la memoria de viajes imaginarios: camas con dosel, fruta exótica, el quebradizo olor (St. Ives) de una piel blanca, aroma de café y te, almohadas entrelazadas, libros y periódicos en escorzo. Ya puestos, delirio completo, suena el Concierto para oboe en re menor de Alessandro Marcello. En el adagio se encuentra la diferencia entre lo sensible y lo ñoño.

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