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Aló Ucrania

Tengo un amigo aficionado a las francotiradoras soviéticas. Domicilio y hotel. Derrotados —entre otras cosas— por la inversión galáctica, los mujaidines de la CIA y la burocracia, apagaron la luz (era casi gratis) y tiraron las llaves. Después: mafia y nacionalismo. Algunos, buscando el sol y la impunidad, se instalaron en los chiringuitos de Marbella. Tanto sacrificio, tanta sangre. Se aceptan tarjetas de crédito. Hablamos, bajo una estufa de terraza, fumando cubano, del pasado —que parece remoto—, de Harold Adrian Russell, alias Kim Philby, y de Marcus (Mischa) Wolf. Ambos forman parte de una mitología contraria al dogma liberal: hombres de Estado o traidores. La guerra fría, de Playa Girón a Saigón, parece la Edad Media. El presente eterno ha acabado con la Historia, con la mirada crítica sobre la realidad. El tiempo dura lo que permanece encendido el neón de los escaparates o el torpe maquillaje de guerra de una ingeniera ucraniana. En el fondo del mar, matarile, y apareció el caos, vestido de Armani y Versace. Copio: «Mayor Ludmila Mikhailovna Pavlichenko (1916-1974), 25ª División de Infantería del Ejército Rojo. Heroína de la Unión Soviética, 309 bajas confirmadas, incluyendo 36 francotiradores enemigos. Causó baja debido a las heridas sufridas por las esquirlas de un mortero en 1942.» Petrogrado, Leningrado, San Petersburgo. La ciudad que fundó Pedro el Grande a orillas del Neva, ventana abierta a Europa, brilla en el Báltico. Entre mayo y junio, luce una extraña claridad: noches blancas. Al otro lado del mundo, en Paracuru, mecida por la sensualidad de Gabriela (canela y clavo), una mujer se levanta con los primeros pájaros. Será que quiere volar.

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