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Garóta de Ipanema

Hace tiempo que Rubem Fonseca no lleva pistola. La dejó colgada de una silla en casa de Ella, la morena de Ceará, aquel día que, por diferentes motivos, no consigue olvidar. Desarmado como yo, Garóta de Ipanema en la solapa, me acompaña la seca violencia de su relato El cobrador —prosa con sabor a venganza de clase— mientras abro y cierro puertas de seguridad. Ando a dieta, verduras y ensaladas, fumo menos y paseo. Nada más desangelado que un régimen. Aquí ya pasamos uno —largo, sórdido y gris— plagado de crucifijos, flechas y yugos. La gente mayor se acuerda, pero la ley del silencio (culpable) también ha imperado, pese a la reivindicación de la memoria perdida, por estas tierras. Leo que la publicidad es la «industrialización del arte de vender» y que «el campo de batalla es la mente del consumidor». Lo cuenta con criterio De la miseria humana en el medio publicitario, Grupo Marcuse, (Melusina, 2006). Estamos a merced del llamado marketing de combate, unas técnicas (ideologemas) de origen militar que tratan de influir en nuestro proceso de toma de decisiones. El resultado es asombroso. Las mercancías se reproducen en nuestra imaginación: la compra resulta imposible de evitar. ¿Te gusta conducir?Luce el sol en Fortaleza, al noroeste de Brasil. Una linda garóta, vestida de algodón y primavera, sestea con un libro de Jorge Amado entre las manos. De vez en cuando abre los ojos y piensa. Sus ojos, verde incendio, van y vienen del sueño de hamaca que la tiene atrapada. Un trago largo de ron con miel recorre su garganta. Las páginas de Gabriela, clavo y canela se agitan al compás de las olas. Jorge Amado fue Premio Stalin de la Paz en 1951.

“Sillas” (Foto: max)

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