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Aceite de Iznájar

Alonso de Pedraza y Valenzuela (1633-1711), obispo de Palencia en 1685, almorzaba pan tostado con aceite y tocino las temporadas que pasaba en su pueblo, Iznájar. Gastronomía de pobre, como casi toda la española, Alonso rechazaba el uso del tomate, salvo con patatas. Lector voraz, aficionado a la hermenéutica, conocía las obras mayores de los Padres de la Iglesia y también las menos frecuentadas de San Agustín y San Buenaventura que, como es sabido, llegó a Superior General de la Orden Franciscana en 1257. Alonso de Pedraza, los días de fuerte calor —que eran muchos frente a los palentinos— se refrescaba el gaznate en la Fuente del Conde y después, por aquello de la salud, se atizaba —a media mañana— dos vasos de vino y media hogaza con queso y membrillo. Satisfecho en lo material, paseaba hasta la Puerta de la Muela mientras pensaba en sus cosas. ¿Era el alma inmortal porque estaba tocada por la Gracia del Señor, o era su virtud (deseo) de trascendencia —quizá anterior al mismo apetito por la salvación— lo que la convertía en inmortal a los ojos de la Divina Providencia? Por las calles de Iznájar, cerca de la fortaleza de Hisn-Ashar, a orillas del Genil, el olor del aceite se confunde con el perfume de los matorrales y el bosque bajo. Son las siete de la mañana de un día cualquiera y recorro las callejuelas. Unos novios, ateridos de frío, se besan y abrazan, enamorados, en un banco de piedra. ¿Nos hace una foto? Cojo su pequeña cámara digital con cuidado y disparo dos veces. La pareja queda retratada, inmortalizada y feliz. ¿Usted no es de por aquí, verdad? Una mirada oscura, recubierta de sueño, observa desde un balcón. Iznájar, al salir el sol, parece Comala.

“Castillo de Hisn-Ashar” (Foto: Autor desconocido)

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