Etiquetas

,

Memorias de un Brigadista Internacional en la Guerra de España. Prólogo de Maria Toledano. Traducción de A. Cordón. Foto portada: Robert Capa.  Ediciones Península.

__________

Prólogo de María Toledano

Para que vosotros,
voluntarios de España y del mundo vinierais,
soñé que era yo bueno, y era para ver
vuestra sangre, voluntarios…
César Vallejo

Himno a los voluntarios de la República

ASUNTOS DE FAMILIA EN LA  DACHA DE STALIN

María Toledano

Son las cinco de la tarde. Recibo una llamada de la editorial Península. Es Manuel Fernández-Cuesta que me propone escribir un prólogo para la nueva edición del libro de Artur London, Se levantaron antes del alba. Agradezco el encargo, digo que sí, hablamos de plazos de entrega y extensión, cuelgo el teléfono y lloro. Mi nieta Lola, vivimos juntas, me pregunta. Vuelven los fantasmas, le digo. Todos vuelven. Vuelven los muertos, Lola, vuelven. El siglo xx, uno de los más dramáticos de la Historia, me explota en la cabeza como fogonazo de hielo. Lloro, conozco los motivos, y respiro despacio. Recuerdo a mi padre y hermanos, demasiados muertos, mi madre y su mirada sufriente; camaradas, compañeros y sus circunstancias. Tengo ochenta y un años recién cumplidos y poca salud: he vivido en varios países europeos, algunos del Este, y, salvo la cárcel prolongada, he conocido el siglo con sus penalidades, dudas y tragedias. Si tuviera que ordenar mi memoria constataría que, salvo instantes fugaces de felicidad, mi pasado es un espejo (reflejo) de la muerte. Prefiero no hacerlo. Comprendo a aquellos, amigos y enemigos, que escriben sus Memorias. Entre la vanidad y la pedagogía para futuras generaciones (argumento principal de los memorialistas), prefiero leves pinceladas, casi un puntillismo histórico, hasta llegar al silencio. Al caer la noche, busco el libro de London (reposa junto a las obras de Koltsov, Ehremburg, Stepánov y otros testimonios), y leo de nuevo, de corrido, sus páginas llenas de esperanza e ilusión, de fuerza y valor. Entre sus hojas amarillas, encuentro una fotografía. Lise, compañera de Artur, Artur y yo, sentados en un café, rive gauche, de París. La fotografía no tiene fecha, pero atando cabos, la memoria es la herramienta del desconsuelo, consigo aproximarme: primavera de 1970. No éramos felices, no podíamos serlo, pero lo parecíamos. Sonreímos a la cámara.

Artur London, checo, revolucionario, comunista, hombre de acción y pensamiento, vino a España como voluntario, encuadrándose en las Brigadas Internacionales. «Estoy aquí porque soy voluntario y daré, si es necesario, hasta la última gota de mi sangre para salvar la libertad de España, la libertad del mundo entero», proclamaban. Después, terminada su lucha internacionalista, prosiguió en la Resistencia francesa contra los nazis. Detenido y deportado a Mauthausen consiguió, igual que uno de mis hermanos, sobrevivir a aquel infierno. El resto es conocido: 1945, liberación de Europa, capitulación de Alemania, París es una fiesta. Artur tiene treinta años y está delgado. Una juventud, que parecía eterna, entregada a la causa del antifascismo. Luego vinieron Stalin y los stalinistas checos: represión, juicio, cadena perpetua. Artur London era Viceministro de Asuntos Exteriores y fue uno de los condenados en Proceso de Praga de 1952. Pero esta vez eran los suyos, y los jueces que le investigaban, sus compañeros. O los que él creía suyos: los nuestros. En 1956, excarcelado, rehabilitado, escribió este libro que tardó varios años, hasta 1963, en ver la luz de la imprenta en su país. Más tarde redactó La confesión (1968), sobre el stalinismo en Praga, obra que alcanzó fama mundial gracias a la película de Costa Gavras, L’aveu (Francia, 1970), con Yves Montand y Simone Signoret, guión del «cabeza de chorlito», Pasionaria dixit, Jorge (George) Semprún, antiguoMinistro de Cultura del Reino de España.

Dice el impertinente Borges, o si no lo dice se lo atribuyo en este lance, que todos somos griegos en el exilio. Quizá
nuestro origen cultural sea ése (o nos guste creerlo) y nos sintamos, en ocasiones, fuera de nuestro territorio intelectual. En realidad, prefiero situarme en un espacio más concreto, un lugar común para los que hemos transitado, con mayor o menor fortuna, los empedrados caminos del comunismo: todos hemos sido (o somos) stalinistas en el exilio. Titulo esta nota introductoria Asuntos de familia en la dacha de Stalin. Artur London, como muchos de los jóvenes comunistas, dirigentes o no, que combatieron en la guerra de España (una acertada denominación frente a los que, con perversas intenciones, llaman guerra civil a la guerra europea antifascista, antesala de la segunda mundial, que sufrió España entre 1936 y 1939), padecieron a su regreso las atroces embestidas del pensamiento único staliniano. Acusados de desviacionistas, trotskistas, herejes de variadas familias, anticomunistas, muchos de esos muchachos tuvieron un destino fatal e inesperado. Años cincuenta, años sesenta, la Guerra Fría. Nosotros, en Europa occidental, ¿qué pensábamos?, ¿qué decíamos? Los comunistas, la inmensa mayoría, mujeres y hombres, fuimos stalinistas desde los años treinta, cuando el hombre de acero asumió el mando muerto Lenin. Fuimos stalinistas, negarlo sería una estupidez. Está-bamos convencidos de la fuerza ideológica del marxismo y la superioridad moral de la dictadura del proletario frente a las democracias capitalistas y el liberalismo. Salimos victoriosos de la Segunda Gran Guerra, yo tenía casi dieciséis años cuando acabó. La sola presencia de Stalin inspiraba miedo al capitalismo. La izquierda en Europa comenzaba su extraño periplo hasta la destrucción del Muro de Berlín. Comunistas: la inmediata moderación, casi vaticanista, del PCI; la fuerza obrera, consciente y sindical, de PC francés; la resistencia al franquismo del partido español; la tenacidad revolucionaria en Portugal. Artur London fue un revolucionario comunista perseguido por la tozuda historia comunista. Poco a poco, no sin reticencias, fuimos abandonando el stalinismo: la apertura en la URSS, las denuncias y los informes. Abrimos los ojos, poco a poco, a una realidad que, de una forma u otra, conocíamos y no queríamos conocer. Si hiciéramos una radiografía ideológica a la fotografía de 1970 se vería a Lise y Artur limpios de stalinismo. Están inmunizados. Lo han sufrido en sus cuerpos e inteligencias. Mis pulmones, ese año, albergaban todavía una parte (pequeña) del virus. Las lecturas y el modo de vida europeo (los treinta gloriosos) terminaron con los restos de aquella contaminación, hija de su tiempo. Pasé años sin acordarme de la segunda enfermedad infantil del comunismo, el stalinismo (la primera es el izquierdismo); en mis hermanos la huella, transformada luego en cicatriz, era más profunda: habían combatido en las calles de Madrid a los señoritos falangistas desde 1934 y habían seguido a Stalin hasta la caída del III Reich en 1945.

Mi respeto por Artur, pese a esa discreta contaminación mencionada, era inmenso. Hoy, al caer septiembre de 2010,
he releído su libro, el que escribió para que la juventud checa no olvidara la guerra de España y el papel de los Interna-
031-cionalistas, con verdadera atención, como espero sea leído, sin muecas de escepticismo ni arrogancia, en esta nueva edición. La radical pasión de Artur London es, pese a ciertos matices, nuestra propia pasión. Es imposible comprender el siglo xx sin conocer, al menos intuir, lo que el discurso de la revolución y el antifascismo han significado (y significan) en el imaginario de una parte consciente de la humanidad. Sirva esta breve presentación de Se levantaron antes del alba para acercar el texto a nuevos lectores. Jóvenes, quizá, que se levantan también antes del alba en una sociedad tecnológica, hipercapitalista, cada vez más injusta.

Anuncios