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Cochinillo al horno

Baruch Spinoza, ciudadano de Ámsterdam, se enamoró una vez y fue rechazado por pobre. El padre de su amada consideró que poco podía ofrecer a su hija —en la tierra de las compañías de Indias, inicio del capitalismo transoceánico— el pulidor de lentes. Filósofo de la voluntad y el deseo, decidió seguir su camino solo. «Solo y con él solo», decían los neoplatónicos de Dios, el único ser capaz de sentir soledad, al ser diferente. Desde hace unas semanas, Spinoza me acompaña: amor, generosidad, libertad, alegría, perseverancia, gozo. He mirado a una chica con atención y me ha devuelto una mirada teñida de curiosidad. ¿Qué hacer? Pienso. Dudo. Pienso. As usual, abro su Ethica, parte III, y encuentro lo que busco: «El deseo es la esencia misma del hombre en cuanto es concebida como determinada a hacer algo en virtud de una afección cualquiera que se da en ella.» Fumo tabaco cubano y repito la definición 108 veces. LeoDora Bruder, Modiano, para saber quién soy, quién puedo ser para ella. Escucho, algo conmovido, a Ute Lemper, Youkali, en la cama. La chica, que arrastra maletas con pespunte rojo —la manta que cubre su pálida desnudez es azul— tiene ojos habladores, como faros en la tempestad, que cuentan historias mientras sonríe, no sin cierta ironía. Spinoza, judío sefardí, expulsado de su comunidad por ateo y radical, hubiera deseado pasear con ella, abrazados, por Voorburg; escuchar su respiración; dormir, quizá, junto a su voz; compartir mesa: ¿Cochinillo, ensalada y vino? Disculpe, mi carissima dama —dijo Spinoza en castellano, con fuerte acento del norte— pero si no le importa, le cambio el puerco por cordero. Cosas de mis antepasados, ya sabe.

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