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María Toledano / Rebelión

“La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma, y no gozamos de ella porque reprimamos nuestras concupiscencias, sino que, al contrario, podemos reprimir nuestras concupiscencias porque gozamos de ella”.
Spinoza, Ética, V, XLII.

María Toledano

1. La velocidad es uno de los instrumentos de penetración del capitalismo, una de sus virtudes teologales. Su frenético impulso domina las voluntades y los deseos, arrasa las emociones y convierte en tierra baldía todo lo roza con su estela. La velocidad, es decir, la aceleración artificial producida por la ansiedad de satisfacer los deseos de consumo aquí y ahora, produce -en cualquier tipo de intercambios- un malestar insuperable: la insatisfacción permanente. Del mismo modo que las materias primas circulan por mercados e industrias transformándose, las emociones -un complejo entramado compuesto, en su mayor parte, por la potencia dominante del discurso social, más algunos elementos de la psicología individual- pierden cualidades, alterando su naturaleza humana, hasta convertirse en emociones distintas, otras, previsibles, al entrar en contacto con la urgencia del consumo que impone el modelo. El intercambio, dirán, o es veloz o no es intercambio. Todo el discurso del capital -su función aniquiladora del deseo y de la voluntad- está montado sobre esta premisa.

2. La velocidad es consustancial al modo de producción capitalista puesto que prima la fabricación en masa de objetos y relatos, con rapidez, cualquier tipo de producto (aunque sean escasos, hoy, los de origen fabril), para que la rotación de los mismos, una vez colocados en el mercado -discursos sobre las emociones incluidos- sea tan ágil y espontánea que sólo se satisfaga una vez consumidos todos, en orden, y casi con la misma velocidad de crucero que fueron preparados, concebidos. En este caso, destaca la asombrosa capacidad de algunos think tanks de EE.UU. para producir eventos, sensaciones, historias que, superpuestas unas a otras, conformen un único relato armonizador. A modo de ejemplo encadénese: juventud, jooging, cirugía estética, leyes antitabaco, cambio permanente de trabajo, necesidad de reinventarse casa mes -seres mutantes- según exigencias de la oferta laboral, antidepresivos, violencia de género, el debate sobre transgénicos y alimentación ecológica, etc. El resultado de esta superposición de relatos predeterminados produce un tipo de emociones concretas, un tipo de sensibilidad (o ideología de preconsumo) que se asociará luego, como encajan las piezas de un rompecabezas, con los instantes de aceleración destructora. Por citar alguno, recordaremos los momentos de hiperconsumo a comienzos de la última década del siglo XX.

Foto: max

3. La velocidad, carrera por una urgencia histórica inexistente dentro de un presente elástico, que se ralentiza hacia la eternidad, hacia el presente eterno, forma parte de la lógica destructiva del capitalismo. Desaparecidos los grandes relatos emancipadores progresivos, la fragmentación del discurso ha hecho necesaria la producción de miles de significados diferentes para dar coherencia (y consistencia) a un sistema de individualidades (prima la exaltación de la subjetividad) que ha destrozado y devorado ya los primeros relatos colectivos sobre la precariedad. La precariedad, refiere Bértolo, empieza a ser vista como un valor de independencia: una escapatoria frente a la opresión del sistema laboral. Este storytelling encaja perfectamente con la dinámica de la movilidad: otro activo. El capitalismo ha demostrado, además de su ineficacia gestora, su radical incompatibilidad con la democracia ya que es incapaz de ofrecer -no quiere, no puede sin perjudicar sus intereses rentistas- un mínimo de garantías a sus ciudadanos para que puedan alcanzar una vida plena, una buena vida. No sólo es incompatible con la democracia como régimen de igualdad, sino que es incompatible con la vida misma, con el ciclo vital.

4. La velocidad, una impaciencia vestida de falsa rotundidad, de falsa determinación, es el germen de las nubes negras que afloran, desde hace un par de décadas, de forma dolorosa y masiva, en la psique de los individuos, de todos. Oponerse a la aceleración, controlar los tiempos de actuación vital, medir el radio de acción y entrar en el campo de batalla con los elementos estructurales controlados, equivale a tener conciencia de sí, conciencia de uno mismo. Y esta conciencia actuante, que pasa del pensamiento al acto de manera reflexiva, puede ser una conciencia libre en la medida en que la libertad de pensar y hacer esté todavía en nuestras manos. Frenar la apetencia, no quemar etapas (expresión de uso cotidiano), vencer el miedo impuesto, resistir a la vorágine del fin de nuestras oportunidades y reflexionar sobre la identidad social y personal, es el mejor camino para elaborar un conjunto de ideas, herramientas, que permitan superar algunos escollos, algunas de las trampas que pone, atacando a nuestra línea de flotación, la lógica caníbal del capitalismo 3.0: nuestro hogar común.

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