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Ravello

El editor Como con un amigo, ritual de fin de año, y le cuento mis penas. «Todo el puto mundo para nombrar a una mujer», me dice. Pienso en sus palabras y recuerdo los albores del ateo nominalismo. John Duns, el maestro escocés, y el otro, nacido cerca de Ockham. La ilusión por nombrar, por decir, incluso lo indecible, esconde —en este capitalismo 3.0— la apatía del mundo, ese malestar propio de la Generación X que contagia, peste negra de delicada amargura y desconcierto, todo lo que toca. Vivimos en el aire, up in the air, suspendidos, fragmentados, ausentes de nosotros mismos, enfermos sin enfermedad, heridos de bienestar e inseguridad: ajenos, alienados. Parecemos ser una cosa, una individualidad consciente y decidida, sin embargo, somos otro, algo indefinible, una réplica deformada de lo que fuimos. Su triste mirada marrón abre y cierra puertas, control de seguridad, lejos de sí, mientras una gata de pensamientos negros, cicatrices negras, heraldos negros, contempla, distraída, una caja de música donde giran, 24/24, en permanente duermevela, al compás de Satie, una bella princesa alada sin cetro, vestida de seda, coronada de espinas, y su unicornio de plástico. Termina este annus horribilis con la natural exaltación familiar y las luces apagadas. Anoto una obviedad: matrimonio y familia son, pese a la evolución social, ejes cartesianos de la represión cotidiana. En Ravello, aquella noche, llovía. Abrimos un paraguas pequeño y nos cobijamos. El mar, junto a los acantilados, parecía una arrugada sábana de hilo: la misma tela que, en mi imaginación, te cubría el pecho breve, fugaz, unas horas antes.

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