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Hace años, muchos años, cuando no existía Youtube, ni Myspace, ni Facebook, y la industria musical no había sido torpedeada hasta el naufragio casi total, existía una figura mitad mito, mitad leyenda, mitad hombre, mitad deidad. Se llamaba cazatalentos, y aunque un puñado de ellos no hizo otra cosa que hacerse una cuenta como la de Madoff a costa de exprimir a sus pupilos, los hubo que fueron columnas firmes y honestas sobre los que la música popular del siglo XX y lo que va de XXI prosperó y se convirtió en lo que es hoy, uno de los grandes fenómenos de la cultura de masas.
Uno de ellos fue John Henry Hammond, que tal día como el 15 de diciembre de 1910 nacía en la ciudad de Nueva York, en el sendo deuna familia aristocratísima. Si siguen estas líneas, verán y leerán quién era este tipo. Pero vaya por delante que fue el descubridor de un casi adolescente Bob Dylan, uno de los primeros, si no el primero, que creyó con toda su alma y todas sus consecuencias en el geniecillo de Minnessotta. Además, Hammond luchó, a través de la música, por la integración de los negros y los blancos sobre los escenarios y en los estudios de grabación.
Con apenas cuatro añetes, John Hammond ya había empezado a estudiar piano, aunque lo dejó algo después por el violín. Se cuenta que su santa madre quería que el chaval le cogiera el gustillo a la música clásica, pero a lo que realmente le cogió el punto fue a escuchar y tararear la música de los criados de la casa. Negros, mayormente, claro. La luz que definitivamente iluminó su camino fue asistir en Harlem a un concierto de la superlativa Bessie Smith. Bastante joven todavía, y tras pasar por la Universidad de Yale empezó a colaborar como corresponsal en Estados Unidos de la revista más antigua del mundo de música popular, el Melody Maker, que había sido fundada en 1926. Paralelamente, Hammond empezaba a tantear a diversas discográficas. Instalado en el Greenwich Village, se pasaba la noche de garito en garito entre luces de bohemia, de concierto en concierto, mientras afirmaba y reafirmaba sus intenciones sociales: «Dar reconocimiento y valor a la supremacía de los negros en el jazz es la forma más efectiva y constructiva de protesta social que podía pensar».
De los dichos a los hechos
Pasó de los dichos a los hechos y convenció a Benny Goodman de que contratara músicos de color para su banda. Billie Holiday, Count Basie, Aretha Franklin, Cab Calloway… fueron otros de los músicos a los que ayudó a triunfar con el paso del tiempo. También fue el hombre que sacó del ostracismo el cancionero del bluesman más grande que vieran los tiempos: Robert Johnson. Hizo la Guerra, la Segunda de las Mundiales, y a la vuelta, tras vibrar con el be-bop empezó a interesarse por el folk. Su oído seguía intacto. Buena y folclórica prueba de ello es el fichaje del patriarca Pete Seeger para Columbia. Más que fichaje se trató del rescate de Seeger tras la caza de brujas del senador McCarthy.
Pero la guinda de este fabuloso pastel la puso Hammond en 1961, cuando vio en un muchachito más bien rarito, poca cosa, judío y con cara de haberse metido entre pecho y espalda la Biblia y la historia entera de la canción popular y tradicional norteamericana, el futuro de la música de su país y del resto del mundo. El muchacho se llamaba Bob Dylan, y cuando Hammond le sentó en su despacho no daba crédito. «No pareces un recién llegado, chico, parece que eres el genuino continuador de nuestra tradición. Tienes mucho, muchísimo talento, sólo tienes que administrarlo y será maravilloso. Voy a ficharte». Bobby se creía en un sueño, en una alucinación. Pero fue verdad. Incluso fue también su productor en sus primeros discos. Pero ahí no acabaría la cosa. Diez años después, el muchachito tenía otro nombre aunque parecidas hechuras. Se llamaba Bruce Springsteen. John Hammond, un oído que valió una vida. Hasta 1987, cuando murió, y sus orejas, para nuestra desgracia, descansaron eternamente.

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