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Noches indias

Hay noches tan largas, algunas tristes, depende, que parecen días de verano en Siberia. Noches convertidas en paseos interminables, cigarrillos, relojes de arena, libros abiertos y cerrados, manoseo de llaves: cuentas de rosario. Hay noches tan tediosas como justificación de político, argumento de gestor, explicación de depresivo. Salgo a la calle, sin abandonar el puesto de guardia, custodio responsable y desarmado, buscando cierta complicidad nocturna: nada. Las farolas, apagadas, han perdido el don de la palabra. Me refugio en el espeso silencio de la lectura. El imperio comanche de Pekka Hämäläinen, Península, enero 2011, es uno de esos libros rigurosos, sólidos, cargados de razón, con los que uno aprende lo que ignora y disfruta, página a página, desmontando tópicos infantiles: el storytelling de la conquista, manu militari, del lejano far west. Según avanza la obra, mediado el siglo XIX, se comprende la mentira reiterada de los westerns, la ideología imperial, dominante, de lasmayors de Hollywood, el rostro crispado y fiero de John Wayne en Centauros del desierto. Hasta el parche —como aquel general israelí, Moshe Dayan— del épico y lírico (si acaso no es lo mismo) John Ford. Recuerdo, insomne laboral, sobremesas en blanco y negro, la voz de Matías Prats, Reina por un día, y las primeras televisiones, profundas y oscuras como armarios roperos. La trompeta de la caballería, un rumor de siemprevivas / invade las cartucheras, presagiaba masacre o rendición. Sentía simpatía por los indios. El 7º de Caballería, asilvestrado y polvoriento, me pareció siempre —con la edad lo confirmo— el revés yankee de la acharolada Guardia Mora del invicto Generalísimo.

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