Etiquetas

, , , ,

Manuel Fernández-Cuesta

Lo llaman amor cuando quieren decir capitalismo. Eva Illouz —tres obras publicadas por Katz— lo describe con cualitativa exactitud. La era de la precariedad, con sus manchas de aceite en la carretera de la autoayuda, se ha adueñado de nosotros. Eggers navega por Nueva Orleáns con Zeitoun (Mondadori) y Le Carré, Un traidor como los nuestros (Plaza & Janés), por paraísos fiscales dominados por la mafia rusa. De las secuelas de la guerra fría, a la estrategia preventiva contra el Mal y sus colaterales. Rompieron —misión del PSOE en la Transición— estructuras sociales, sindicatos, asociaciones, grupos, partidos. Destrozaron, con la aceleración del trabajo y la vida plastificada, las conexiones entre las personas: lo común. Nos quieren aislados, inactivos, aptos para el consumo renunciando, quizá sin saberlo, a la construcción de islas de felicidad, espacios de comprensión: Mukata (Al Muqata´a). Ausente lo emocional, imposible lo político. La era de la precariedad —desde el turbocapitalismo de los noventa a nuestros días— es un bucle teñido de incertidumbre. Como veneno de sierpe, la máscara —el modelo narrativo y de interpretación del mundo líquido— se apodera de la voluntad hasta volverla tibia, melancólica, indiferente. La reconstrucción de las relaciones afectivas entre seres libres e iguales, el tejido emocional desaparecido bajo la jerarquía de valores (y trampas) del capitalismo, es el único antídoto contra la molicie. Al Muqata´a es el taller de las emociones. Recuperadas, colocadas en su espacio natural de intimidad (y no más allá), la nueva identidad colectiva puede ser un firme escalón hacia la realidad, hacia eso que antes se llamaba vida.

Anuncios