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La fábrica de Roig

Con la reticencia (y cierta soberbia) que caracteriza a la aristocracia intelectual, cojo el libro Belén Esteban y la fábrica de porcelana que Península lanza a la calle estos días. Ojeo despacio, leo la bibliografía, me paro en algún párrafo y, sin darme cuenta, tengo el ejemplar subrayado. Son algo más de 130 páginas en formato pequeño —concentrado de ideas—, el número 400 (enhorabuena) de la espléndida colección Atalaya. Creo que los editores no podían haber elegido mejor título para marcar una novedosa tendencia en el ensayo en lengua castellana. Y eso que, según veo, el número podía haberlo llevado con honor el sutil y ácido Terry Eagleton (Sobre el mal) o el infatigable azote del capitalismo, Jean Ziegler (El odio a Occidente). Estos días los políticos lanzan dardos envenenados sobre encuestas e intención de voto. BE es un personaje singular y parece un acierto este estudio de caso. Christian Salmon, prologuista en esta ocasión, dice que es un libro “láser, brillante, que descompone y recompone la luz mediática alrededor de la figura de Belén Esteban”. A mí que soy medio francés (De Robespierre a Godard, de Descartes a Deleuze), el trabajo de Roig me ha resultado apasionante y lleno de guiños. Una de esas obras, un preciso estudio de caso, repito, que tanto escasean en el panorama nacional. Está visto que a nuestros conspicuos prohombres de salón y barra sucia de gambas, más habituados a discernir entre el falangismo y fascismo de los escritores del 27, ciertos temas calientes les repelen. Roig, piensa en roig, ha descerrajado con elegancia el sepulcro y conversado con los fantasmas mediáticos. El silencio social es cómplice. Belén habla.

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