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Manuel de la Fuente, ABC
Fue toda su vida un trovador sin pelos en la lengua ni en la lira, ni en el Parlamento, ni en la España que se pateó para la tele. En su tierra, los paisanos más jóvenes, Bunbury, Amaral, sin ir más lejos le veneraron.

Labordeta, la libertad en la mochila

Probablemente, sería uno de los primeros días del 76, todavía caliente el fantasma del Dictador. En el centro de Madrid, Teatro Barceló. Bajábamos las escaleras flanqueados por los grises, que también esperaban abajo, en la puerta. Decir miedo es poco. Pero la Transición también fue eso, una ración de terror cotidiana que nos llevábamos todos los días a la boca, y nos tragábamos como podíamos. Aquel día del Barceló, al menos, bajábamos esas escaleras con el corazón y el ánimo fortalecidos, acojonados, sí, pero con unos versos libertarios en los labios: «Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra, llamada libertad». Palabra de un aragonés de corazón cazurro y conciencia granítica, José Antonio Labordeta, profesor, poeta y hermano del también poeta Miguel Labordeta, y cantor de voz forjada con el hierro de los cañones que disparara Agustina de Aragón. Sus canciones eran sobrias, como él, desnudas, apenas unos versos silueteados por el trinar de su guitarra. Labordeta hablaba de una tierra tan cercana pero que casi parecía remota, Aragón («polvo, niebla, viento, niebla y sol, esta tierra es Aragón»), el Aragón de las colectivizaciones libertarias en la Guerra Civil, el Aragón en el que «a varear la oliva no van los amos, a varear la oliva van los ancianos», el Aragón que dominó el Mediterráneo, y luego fue devastado por el olvido. Cierto, Labordeta no era Elvis Presley, ni falta que nos hacía. Porque lo que necesitábamos eran palabras de combate, trincheras desde las que enfrentarnos a aquel presente, que venía muchas veces cargado de más amenazas y puñales de los que luego los historiadores quisieron recordar. «Hermano aquí mi mano, será tuya mi frente y tu gesto de siempre caerá sin levantar huracanes de miedo ante la libertad. Haremos el camino en un mismo trazado y uniendo nuestros hombros para así levantar a aquellos que cayeron gritando libertad», esos son los versos que Labordeta fue metiendo en la mochila de nuestra adolescencia y rebelde y quién sabe, quizá con alguna causa. La canción francesa, el folclore ancestral de su tierra, Brel, y un pañuelo baturro fueron su sencillo equipaje. Fue toda su vida un trovador sin pelos en la lengua ni en la lira, ni en el Parlamento, ni en la España que se pateó para la tele. En su tierra, los paisanos más jóvenes, Bunbury, Amaral, sin ir más lejos le veneraron. Era maestro, padre y hermano y amigo en los escenarios, querido y respetado en todas y cada una de las diecisiete Españas que nos dio la Constitución. No callaba ni debajo del agua de los fanáticos, los censores y los cantamañanas. No, no fue Elvis Presley, pero cantaba con un par de huevos agarrados a la garganta. Tipos como él, tipos como este Labordeta nos dieron los aperos con los que trabajarnos el miedo, aquel miedo de la Transición que se nos quedó para siempre en las entrañas. Cantó con dos cojones y nos ayudó a vivir. A sobrevivir, probablemente. Qué más se le puede pedir a un trovador. Nos dio versos para vencer al miedo. Y versos para seguir a trancas y barrancas por una tierra, llamada libertad, que nunca pudimos encontrar: «He puesto sobre mi mesa todas la banderas rotas, las que nos rompió la vida, la lluvia y la ventolera de nuestra dura derrota». Sin ellos, uno jamás habría bajado aquellas escaleras del Barceló.

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