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«Nueva York es una ciudad comedora de carne; los sabios nos dicen que comer carne equivale casi a beber alcohol; el neoyorkino es carnívoro; bebe mucho, pues necesita sostenerse y resistir lo más posible. ¡La ciudad engulle ocho millones de huevos al día! Siente un horror bíblico por lo que es impuro; por eso sus restaurantes parecen clínicas; el menor sandwich y el menor terrón de azúcar se venden en bolsas cerradas herméticamente; los vasos de papel se tiran después de beber en ellos» (Paul Morand, Nueva York, Espasa-Calpe, colección Austral, 1ª edición, noviembre de 1937).

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