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Precisamente, tuvo que ser un yanqui, Woody Guthrie, quien lo expresara más exacta y claramente que nadie: «Esta máquina mata fascistas». La máquina era su guitarra y la frase estaba impresa sobre la caja. Por protestar, que no quede. Lejos de allí, en la Suramérica sublevada de los años sesenta y setenta, en el Chile nerudiano de los mineros del cobre, los mítines de Salvador Allende se cerraban también con cantar de guitarras y de corazones: «Desde el hondo crisol de la patria / se levanta el clamor popular / ya se anuncia la nueva alborada / todo Chile comienza a cantar». La música de Quilapayún volvía a ser un arma cargada de futuro en el himno de la Unidad Popular, tanto o más que ese otro gran éxito de la canción protesta universal de todos los tiempos, todo un hit de la canción de combate: «De pie, cantar / que vamos a triunfar / avanzan ya / banderas de unidad./ Y tú vendrás / marchando junto a mí / y así verás / tu canto y tu bandera florecer… El pueblo unido, jamás será vencido…».

Lo había dicho el Che antes de morir en la selva de los abuelos de Evo Morales («Soldadito de Bolivia, soldadito boliviano…») : «Crear uno, dos, tres… muchos Vietnam». Los ideólogos y los profetas del marxismo leninismo se lanzaron a la tarea: guerrillas por aquí, atentados por allá, respondidos con telúrica crueldad por ejércitos y oligarquías. Pero los poetas y los músicos también fueron rebeldes con causa, con esa causa, la del Che y la Revolución, que como la España de Franco también tenía que ser una, grande y libre, en Chile y en medio mundo.
En 1975, mientras Allende y Víctor Jara ya eran dos pájaros de rama en rama por las grandes alamedas de Santiago, en España el dictador entraba y salía de la UCI, aunque también tenía ya su rondalla contestataria: buena parte del cancionero de Paco Ibáñez, de Raimon, de Lluis Lach era cantado y vitoreado en la libertad de los penúltimos guateques, de las reuniones, queríamos decir.
Si el vecino del Norte buscaba respuestas en el viento como Bob Dylan, los latinoamericanos también rebuscaron en el baúl de los recuerdos de su folclore y su música tradicional para aprestarse a seguir al pie de la letra y de la nota la hermosa canción de los argentinos Horacio Guaraní y Mercedes Sosa: «Si se calla el cantor calla la vida. /Si se calla el cantor / se quedan solos los humildes / gorriones de los diarios. / Los obreros del puerto se persignan, quién habrá de luchar por sus salarios».

Woody Guthrie

En el Chile de Allende y de la Unidad Popular, el cóctel musical podía parecer empalagoso: una generosa dosis del materialismo histórico de Marta Harnecker, un par de cucharadas de guevarismo y unos cuantos acordes de la poesía de Víctor Jara, un cantor fieramente humano. Treinta, cuarenta años después, a muchos el brebaje les parecerá más espeso que un vaso de polonio. Pero de aquella mezcla surgieron unas cuantas de las mejores y más intensas piezas del cancionero popular universal. Y nombres tan propios como los del uruguayo Daniel Viglietti, la venezolana Soledad Bravo, los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés y el resto de la Nueva Trova, y el portugués Jose Afonso que abrió la puerta de par en par a la Revolución de los Claveles con su emotiva «Grandola vila morena», y hasta los jovencísimos y protestones brasileños Caetano Veloso y Gilberto Gil.
En aquel tiempo, aquellos años de barricada, compañeros del alma, compañeros, los cantantes eran la voz, pero también fueron el martillo. Las canciones se usaban como un molotov. Eran caseras, urgentes y directas. Porque cuando se sabe que las respuesta no va a estar en el viento dylaniano sino en la culata de los fusiles las preguntas también son muy distintas. «Muy bien, voy a preguntar. / por ti, por ti, por aquél /por ti que quedaste solo / y el que murió sin saber/ , murió sin saber por qué /le acribillaban el pecho / luchando por el derecho de un suelo para vivir». Toda una andanada musical escrita y cantada por el propio Jara tras los sucesos de Puerto Montt, en 1969.
A Víctor Jara le quebraron la voz a golpes. Otros se convirtieron en ciudadanos del éxodo y del llanto, pero también desde la orilla del exilio la canción y la protesta continuaron.
En Norteamérica, las drogas acabaron con el verano del amor y la lucha contra la guerra de Vietnam, pero otra guerra, la de Irak, ha hecho que el rock levante de nuevo la voz. En España, el viento de la democracia se llevó a los cantautores con la música a otra parte, generalmente la de la música intimista y amorosa. En Hispanoamérica, muchos artistas han continuado su labor callada pero intensamente, más cerca de los corazones que de las banderas, que sabido es que los nuevos populistas bien se valen solitos para cantarse unas rancheras.
Puede costar sangre (mucha), sudor (mucho) y lágrimas (demasiadas), pero los dictadores pasan. Sin embargo, las canciones permanecen, por eso, y por tantas otras cosas, te seguimos recordando, «Amanda, la calle mojada, corriendo a la fábrica la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo».

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