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El caminante

 Toda mi vida ha sido así. Caminar y caminar sin saber nunca hacia dónde. Un paso. Dos pasos. Tres pasos. Miles de pasos. Sin dirección. He caminado en días, luminosos, sonriente y confiado bajo el sol. También en noches de tormenta, calado hasta los huesos, tarareando una vieja canción. He recorrido solo tantos caminos que ya no recuerdo. Sí, eso ha sido mi vida. Un viaje sin destino. Un paseo en busca de misteriosas razones, en busca de alguna boca que llevarme a la boca, en busca de alimento. Un hombre andando. Un hombre a pie bajo las estrellas, tropezón a tropezón. Tanteando. Observando las huellas del tiempo en las paredes, en la aceras, en los bares. He sido un peregrino. Un navegante equivocado, un argonauta sin futuro. Y sigo así. Toda mi vida ha sido así. Sin hogar. Durmiendo en los puentes. En los soportales de las plazas, en las esquinas, en los bancos de los parques cuando llegaba el verano. Y así sigo. Sin patria. Sin una migaja de futuro que llevarme al paladar. Busco en mis bolsillos y toco la calderilla, las monedas viejas de otro tiempo, ya en desuso. Mis pasos suenan ahora en mi corazón. Entro en las cafeterías y no me sirven, encuentro cerradas las puertas de las iglesias, no me quieren en los hospitales, en las panaderías. Nadie me da asilo, me esquivan y me rehuyen, se esconden de mí, nadie me recoge. Por mi cabeza se pasean los pájaros, aves sin rumbo que me recuerdan a mi mismo. Yo sigo así. Como toda mi vida. Andando. Sin rumbo. Sin nombre. Sin apellidos. Ya no recuerdo quién soy. Ya no recuerdo cómo he venido. Ni de dónde. Ni quién me conocía en mi otra vida, en mi otro caminar. Pero sí, soy yo, un transeúnte anónimo, un pasajero equivocado. Ahora, afuera, llueve, oigo voces, y clamores, frases entrecortadas y nerviosas. Puedo notar un movimiento enorme a mi alrededor. Un gigantesco ajetreo. Huele a medicinas. Huele a sangre. Huele a futuro imperfecto. Acabo de nacer.
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“Lolo” (Foto: PAMR)