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El día que JCDecaux, las vitrinas del mundo, apareció en nuestras vidas, el dinosaurio ya era de neón. Paneles informativos y marquesinas, paradas de autobús, relojes y bancos ergonómicos para que no podamos ocupar —sentados— la calle. Nuestras ciudades se parecen igual que gotas de agua: uniformidad y diferencia. Leo, el calor incendia mi uniforme y sudo tinta reciclada por la cabeza, La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (Katz, 2010), de la socióloga marroquí Eva Illouz (1961). La transformación de la inteligencia crítica en creación de uno mismo como personaje —terapias varias— es un hecho cultural poco estudiado. Illouz analiza y sorprende con datos y agudas conclusiones. Este libro encaja mal en estos tiempos comerciales. JCDecaux, las vitrinas del mundo, propone un universo de líneas puras, ángulos sin agresividad y kioskos de prensa con aspecto de juguetería industrial. Vamos, las páginas finales del EPS. Paseo. Las personas, desprovistas de identidad colectiva, aisladas, caminan, cruzan calles, ojean la prensa gratuita, comen helados de colores. Lo importante, obvio, son los colores. Contemplados desde una cierta perspectiva de eternidad, parecemos iguales: piezas. Pasamos por la vida como maletas en una cinta transportadora. Si cierras los ojos y te distraes un momento, si abandonas la batalla, cansado de tanta pelea y dislate, acabas en la terminal (nacional) del aeropuerto de Calcuta, 7:00 am. Nuestro know how es nuestro pasaporte. Antes era la fuerza de trabajo. Ahora es nuestra fuerza de trabajo convertida en ilusión temporal y precaria. Mientras tanto, seguimos sonriendo, simulando.

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