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Manuel de la Fuente ABC.es

Del 29 de abril al 6 de junio.  La Casa Encendida. Ronda de Valencia, 2. Madrid. Entrada libre.

«Las personas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir». Con sólo un verso como éste cualquiera tendría asegurado su pasaporte para cruzar todas las fronteras de la poesía en cualquier tiempo y lugar. Fueron versos como éste, o como éstos, «La palabra del alma es la memoria, la memoria del alma es la esperanza», «La tristeza es anterior al hombre, es la tierra del hombre», los que a lo largo de su vida, de su vida encendida, de su poesía encendidísima, Luis Rosales fue sembrando por el mundo, desde su Granada natal, donde vino al mundo hace ahora cien años, hasta Madrid, donde murió el 26 de abril de 1992.
Fue un poeta inmenso, de verso sereno y melancólicamente hercúleo, esperanzadamente humano, porque él, bien lo sabía, vivió como teniendo invitado a su propio corazón. No siempre se le hizo justicia, ni poética ni de los simples mortales, y se le colgaron crueles sambenitos que nunca mereció. Pero su obra ha llegado hasta aquí, refrendada por su ingreso en la Academia (1962) y por el Premio Cervantes (1982), entre otras muchísimas distinciones entre las cuales no es desde luego menor el aprecio de quienes buscan en la poesía la vida palpitante, las palabras más hondas.
Como en su Casa
Ha llegado hasta aquí, hasta su centenario, en el que no van a faltar homenajes y celebraciones, un congreso en otoño y una exhaustiva exposición como la que el día 29 se inaugura en La Casa Encendida (en colaboración con la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, el Archivo Histórico Nacional y el Centro Andaluz de las Letras), sala que lleva el nombre de su libro más conocido, y nombre cedido por su propio hijo Luis. Pero viajar ahora hasta el universo de Rosales es volver a descubrir no sólo las cálidas estrellas de sus versos publicados sino también poder darse de bruces con dos libros de juventud que se habían dado por «perdidos» («Baladas líricas», «Romances del colorido», que editará Visor), y que Xelo Candel, comisaria de la muestra junto con Paloma Esteban, descubrió en el Archivo Histórico Nacional, después de bucear, a pulmón libre durante más de un año, en dos centenares de cajas repletas de documentación.
La exposición, que lleva por título «Luis Rosales. El contenido del corazón», reúne numerosísimos documentos, manuscritos, fotografías e inéditos (como el poema «Estampas de Granada»), cartas de amigos y compañeros como Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Pablo Neruda, Dámaso Alonso, procedentes del Archivo Histórico Nacional donde descansa su legado literario, y una nutrida representación de los artistas con los que estuvo intensamente vinculado como Miró, Dalí, Picasso, Lorca, Alberti, Benjamín Palencia, Gustavo Torner, César Manrique, José Caballero, apartado este último desarrollado por Paloma Esteban, conservadora jefe de Pintura (1881-1939) en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
Xelo Candel, doctora en Filología Hispánica, autora de libros como «Luis Rosales después de Luis Rosales» (2005), y poeta («A destiempo», Gobierno de Aragón; y «La arena», Torremozas, 2007), explica que «el valor de la obra de Rosales sigue siendo el mismo, lo que quizás haya cambiado sea el acercamiento a su obra sin los prejuicios que marcaron a algunos lectores en otra época». Fue Rosales un poeta de verso rotundamente personal, genuinamente intransferible, poseedor de una «voz poética inconfundible», como cuenta Candel. «Sin dejarse llevar por modas o estéticas puntuales supo adaptar como pocos la lección vanguardista a la tradición clásica». Acercarse a cualquiera de sus libros deslumbra (aún los menos conocidos, como «La carta entera»), pero fue «La casa encendida» (1949) la obra que lo elevó a los cielos de nuestra poética de posguerra, «Ese libro -continúa Xelo Candel- supone el acercamiento de la memoria a la palabra del alma. En esa nueva palabra realista, que recoge la experiencia individual y el tiempo histórico, no queda excluida la configuración imaginativa, el conocimiento existencialista o la construcción surrealista, y es patente en él la huella de Machado, Vallejo y Neruda».
A media voz
La obra de Luis Rosales, colaborador de ABC durante años, ha sido reivindicada «a media voz, casi en silencio», comenta Xelo Candel, aunque la experta subraya que «quizás sea en los poetas más jóvenes donde se vea la huella de esa concepción poética que no se reduce a imágenes o a una temática concreta sino a una escritura basada en repeticiones sistemáticas, en el ritmo interno, constantes comparaciones y en una imaginería que arrastra consigo un complejo entramado de voces que adelanta lo que después hemos leído en otros poetas como algo novedoso».
La Casa Encendida abre sus ventanas al luminoso legado de Luis Rosales, abre sus puertas al «Contenido del corazón», ese corazón en el que laten algunos de los versos más bellos de nuestra literatura: «Estas palabras ateridas, / estas palabras dichas en una calle inútil que tal vez tiene / aún alumbrado de gas. /Si nadie las escucha, / paciencia y barajar, éste es tu oficio».
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