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Días republicanos

Llega este abril, vísperas del día 14, Ciudadano Azaña, con tapa dura y faja republicana. Vuelve, ausente demasiados años, el azote de la iglesia y la reacción, adornado con un clarificador epílogo de Jorge M. Reverte. Envuelto en la tricolor, como corresponde a su condición de Presidente (electo) de una república laica, cultural y democrática que desapareció devorada por las hordas africanistas, esta biografía de Miguel Ángel Villena (retrató con acierto a Victoria Kent), muestra con claridad tanto aspectos humanos de Don Manuel (vida privada) como su vertiente política y literaria. De estructura sencilla y prosa ágil, Azaña reivindicado y estudiado, este libro debería ser pasaje obligado para todos aquellos que deseen saber quién fue ese maldito, ese hombre —sarcófago de papeles e ideas modernas— cuyo nombre, durante muchos años, no se pudo pronunciar. De Alcalá de Henares, niño retraído, al sur de Francia, perdedor en el exilio. Del Ateneo y su «Cacharrería», al gobierno en guerra. Algunos morimos (y vivimos) un poco, pese al «salto inglés» del que habla Vila-Matas en Dublinesca, en Francia. Será la grandeur o el aire revolucionario de la Commune. Recuerdo, noche oscura, llaves al cinto, horas dilatadas, intenso dolor de oído, antibióticos, a César Vallejo y sus aguaceros. Ahora, cuando llega a las librerías esta «vida y obra» de Azaña, somos una Monarquía impuesta por el invicto César visionario: por el Caudillo hacia Dios. Tengo en mi mano, fetiche histórico, una vieja moneda de cien pesetas (era curso legal). Por una cara aparece Juan Carlos I, joven y lustroso; por la otra, anverso y reverso del drama español, el escudo franquista. Será la Transición numismática.

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