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Geografía histórica

Levanto diques contra el desaliento y el invierno de marzo. Construyo cálidos rincones para compartir. Almaceno alegría y rosas rojas (también amarillas y blancas) en los bolsillos del uniforme. Duermo poco. Se diría que siempre estoy de guardia: vigilia permanente. Imagino que la oscuridad desaparece, magia, y que volveré a la luz de Ravello, al Louvre de Remedios, a cualquier sitio común. Spinoza mira de reojo: el amor es (sólo puede ser) una alegría. Como la revolución. El resto es silencio, autoritaria razón de estado, mentiras y notas al pie. Sigo el hilo de los recuerdos: veo algunos nudos que se desatan sólo gracias a la voluntad y el deseo. En Historia de las mujeres de Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser (Crítica, 2009) encuentro explicaciones pertinentes, históricas, para mis inseguridades de mono erguido. El tiempo no discurre igual para mujeres y hombres. Es imposible. Su historia, su lucha —sufrimiento y dolor— está por escribir: es la otra historia de la humanidad. Mi abuelo materno, años setenta, leía fotonovelas eróticas manchadas de aceite —ahora todo es autoayuda y efectismo sentimental— que escondía debajo de la cama: un refugio imposible. Su hijo, en Francia, finales de los cincuenta, dormía con una Luger P08 cargada bajo la almohada: el lado frío del revolver. Cada biografía encierra leyenda y farsa. Balas silbando en Argel y en el aeropuerto de Bagdad, trenes de vía estrecha hacia Gussen (Mauthaussen), delegados sindicales portugueses en la Snecma y amores que volverán con furia —si vuelven— en primavera, con el primer sol de primavera. El siglo XX se cerró con pérdidas. Venceremos, ya que venimos de abajo. Del fondo: el infierno de la razón.

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