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Manuel de la Fuente ABC

Vivió poco, pero intensamente. Murió joven, aunque siempre se sea demasiado joven para morir. No había cumplido la veintena, y un absurdo escape de gas ahogó para siempre su respiración, con diecinueve años. Atrás dejaba, sin embargo, una originalísima obra poética, premiada en los mejores concursos de su tierra natal canaria, y una novela, «El don de Vorace», redactada con apenas 17 veranos.

Félix Francisco Casanova fue ángel, quizá demonio, inspirador de movimientos vanguardistas, rockero, y sus fotos le muestran como una suerte de Jim Morrison tropical, de subyugante y desasosegadora mirada, un adolescente temperamento e inspiración personal, intransferible, al que la Parca se llevó inopinadamente un 14 de enero de 1976, en Santa Cruz de Tenerife.

«El don de Vorace» es un torrente narrativo, un río que nos lleva por las páginas desbordadas de una novela escrita, y se cuenta que en algunos pasajes dictada a su padre, en verdadero estado de trance. La prosa de Casanova te engulle, te atrapa, te pone una soga al cuello, mientras las palabras golpean en tus sienes como si alguien te disparara a quemarropa.

«Vorace» es la historia de un hombre inmortal, sutil paradoja en la vida de un muchacho que siempre creyó que moriría joven. Como Rimbaud, es posible que Casanova pasara alguna temporada en algún infierno, pero su novela deja entrever y traslucir una personalidad repleta de furiosa vida, un universo de pasiones y emociones fuertes.
Jinete en la tormenta

Félix Francisco Casanova nació con un don, el don de la ebriedad literaria, tan difícil de poseer, tan difícil de dominar. Apenas un adolescente, Casanova lo hizo, y treinta y cinco años después de la publicación de su novela, cuando tantos ismos, tantos experimentos y tantas vanguardias se han ido por los retretes de la historia del arte y de la literatura, sus páginas se leen con la certeza de encontrarnos ante una obra incomprable, un bebedizo narrativo que te mueve y remueve por dentro, una historia situada al borde de muchos abismos, y que uno lee con la alucinada sospecha de que alguien acabará por empujarnos al fondo del precipicio. Rimbaud nunca volvió del infierno, a Félix Francisco Casanova parece como si algunas de sus páginas se las hubiera dictado el Maligno. Él sin embargo, se fue como un jinete en la tormenta, se fue, definitivamente, como un ángel.

“ERES UN BUEN MOMENTO PARA MORIRME” (a María José)

Amaneciendo y anocheciendo
a un mismo tiempo,
cariño, ¿no es ésta la forma
en que te gustaría vivir?
En mi cabeza hay un álbum
de fotos amarillentas
y lo voy completando con mis ojos,
con los más leves ruidos,
atrapando olores en el aire
y en cada sueño que sueño.
¿Sabes una cosa, pequeña?
La última página de mi álbum
tiene tu boca lluviosa mordiéndome un labio,
un disco de rock’n’roll
y calcetines de colores.
Mis ojos han sido rápidos,
te he hecho el amor con la ropa puesta
a través de una
larga pajita dorada
mientras cruzabas la calle
con el cabello ardiendo.
Pero ahora son tus pies
quienes dan mis pasos,
¡así que no te equivoques
pues me caería!
Te bebo en cada vaso de agua
que sacia mi sed,
mis palabras son claras como niños pequeños
o espesas como semen empapando cortinas,
pero hoy tengo que inventar
un nuevo idioma
para conversar con tus tiernos maullidos eléctricos
y los gritos de euforia
de la gente que vive en tu cabeza.
Debes saber que a veces
soy como un entierro interminable,
siempre triste y azul
subiendo y bajando
por la misma calle.
Pero otras veces soy un río de risa
corriéndome por toda la ribera,
haciendo el amor a la mar,
una felicidad contagiosa,
un revólver de amor, nena,
y voy a disparar justo a tu corazón
¡bang, bang!
¿te di?
Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte,
montaña de aguardiente
y tarde rojiza.
Eres un buen momento para morirme.

Poema incluido en el libro La memoria olvidada (Hiperión; Madrid, 1990).

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