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So Kate

Entro en el despacho de Península y me encuentro con la mirada huidiza, penetrante y casi bizca de Kate Moss. Su fotografía, pegada a la pared, blanco y negro, me deja perplejo. Malditos intelectuales: siguen fascinados por la belleza maldita igual que, sensu contrario, estaba el maestro de Aquino. Imagino que es una perversión del editor o un private joke. Parece una cubierta. Me pongo y quito las gafas, uno ya no sabe, y leo que el autor es Christian Salmon y la obra, Kate Moss Machine, aparecerá con un prólogo de Miguel Roig, la misma dupla de Storytelling. Husmeo y no encuentro galeradas, primeras pruebas, nada. Abro cajones, recorro estanterías, revuelvo papeles. Ni rastro del texto. Esto parece un trabajo fino: secreto de estado. Kate Moss mira sin mirar, entreabierta la boca, suelto el pelo, desmadejado, y de repente, siguiendo su falso movimiento, recuerdo una boda a la que fui invitado. Era primavera, finales de los noventa, un restaurante invernadero: Chelsea, Londres. Los caballeros, ternos oscuros, alcohol y drogas blandas; las coquetas damas jóvenes —encantadoras con sus sedas y sombreros— bailaban sobre tacones de ilusión. Pasé toda la velada, larga y agradable, preocupado por que no se me viera la pistola. Kate, como la mayoría, viene de los suburbios, working class, y se ha convertido (la han convertido) en reina del couché y las pasarelas de poliuretano: el poder simbólico (inmaterial) de la imagen. El capitalismo actual, 3.0, muta —en los laboratorios de doctrina— como los virus. Vivimos en el espectáculo permanente: la virtualidad. Son las cuatro y cuarto de la madrugada de un día cualquiera. Miro a Kate. Fumo. Espero el amanecer. Espero y fumo. Lloro sin lágrimas.


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