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Manuel de la Fuente ABC de la Crítica

Un día más, Samuel Langhorne Clemens está al timón. El vapor, bajo su férrea mano, remonta el río con cautela y precaución. Una mañana más, el joven pero atrevido Samuel espera la voz del proel que le indique que hay el calado justo y necesario para navegar seguros y a toda máquina. «Mark twain, mark twain, mark twain», oye por fin. Y el vapor río arriba prosigue su camino y como humo se va.
Pero una chispa ha prendido en la imaginación de Samuel, un tipo de Missouri que ya ha hecho sus pinitos como escritor en San Luis, en el periódico de su hermano, y ahora sabe que, cuando los editores le hagan caso, cuando se peleen por sus cuentos y sus historias, la firma que él estampará en su portada será ésa, Mark Twain. Una firma que (al fin y al cabo no todos los editores están ciegos) pasará a la historia. La de un hombre genial y un narrador incomparable, la de un revolucionario en unos cuantos sentidos de la palabra, la de un autor que hizo de la ironía un género, del humor una bandera (también sirvió a la confederada, que hasta se cuenta que anduvo en la Guerra Civil), y de personajes como Tow Sawyer y Huckleberry Finn nombres inolvidables de la literatura universal.
Mark Twain
Turistas al vapor
El siguiente paso de esta travesía de Samuel, o de Mark ya, si lo prefieren, llega años después. Puerto de Nueva York, 1867. Un sofisticado y modernísimo vapor, el «Quaker city», de última generación, descansa en la bahía, bien sujetas sus amarras. El buque cuenta con todos los adelantos y comodidades: biblioteca, capilla, sala de juegos, un médico a bordo, libros, música. Todo lo justo y todo lo necesario para atravesar el Atlántico y arribar a Europa, primero, hasta Oriente y Tierra Santa, después. Con el tiempo muchos dirán que fue el primer viaje turístico organizado de la Historia. A bordo irán docenas de pasajeros: petimetres, nuevos ricos, profesores, peregrinos, damas y damiselas… y un periodista, Mark Twain, enviado especial de su periódico, el «Alta California», a este singular periplo. Las crónicas serán recogidas posteriormente en un libro, «Guía para viajeros inocentes», que fue el más vendido de su autor (y no vendió pocos, precisamente), que ahora se edita en castellano por Ediciones del Viento, en atinadísima versión y traducción de Susana Carral.
Plumas y plumazos
La pluma del gran Twain no deja títere turístico con cabeza, desde los guías hasta los patriarcas del arte clásico, como Miguel Ángel, Tiziano, pasando por el Partenón, el deslumbrante París, las reliquias y huesos de santos desperdigadas por todas y cada una de las villa italianas, Grecia, Constantinopla, Damasco, la conversión de Pablo, los camellos, los turbantes, Nazareth, Jerusalén, y hasta muchos de sus compañeros de viaje, empeñados en expoliar cada centímetro de Tierra Santa.
El humor de Twain es contemporáneo, finísimo (pero afilado como colmillo de lobo), sano y refrescante, teñido por la mirada racional y lógica del hombre del Nuevo Mundo de pie ante las ruinas, cuando no los escombros, del Viejo, por mucho que fuese la cuna, y hasta el camastro de la civilización.
Viajar en un barco que pilota Mark Twain es una aventura literaria, un periplo por los mares de la sabiduría.
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