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El día que más calor pasé en mi vida fue el que decidí subir a ver amanecer desde el cráter del Teide. Durante el año y pico que pasé en las Islas Canarias varios amigos de allá me contaban que una de las experiencias  montañeras más fascinantes era subirse al cráter del Teide durante la noche y esperar  la llegada del día,  la salida del Sol. Durante años albergué la esperanza de cumplirlo algún día. Y llegó. Hace ya algunos años me desplace a Tenerife por motivos de trabajo y una vez finalizado este decidí quedarme unos días y cumplir ese pequeño sueño. Alquilé un coche, compré un mapa e hice unas cuantas preguntas a lugareños que me respondían mirándome como si estuviera loco. Pedí unas botas y un chubasquero y después de dejar el coche en un paraje desértico en las Cañadas bajo un sol de fuego que paraliza hasta a los lagartos negros de tierra volcánica, comencé a subir montaña arriba. Me habían comentado que a 5 o 6 horas estaba el refugio de Altavista, que se halla a una hora y media del cráter. Llegué a las diez de la noche sin saber si estaba abierto o no y si de estar abierto encontraría algún otro loco como yo. Y había tardado 7 horas en subir.

Encontré un grupo de mujeres y hombres chicharreros  con el mismo propósito que yo. En diez minutos me había tomado dos botes de cerveza, estaba sentado en su mesa y comiendo de su cena. Se reían un poco de ese madrileño un poco loco que de repente apareció en la puerta de refugio y que contestó, cuando le preguntaron, qué estaba haciendo allí y que deseaba ver amanecer desde la cima del Teide.

A las tres de la madrugada estaba completamente borracho de cerveza, marihuana y ese placer que algunos  sienten cuando creen estar en el tiempo exacto. No me acordaba ni del cráter, ni del amanecer ni casi de donde estaba. Me tumbé o caí, no recuerdo muy bien, encima de una litera donde me acurruqué placenteramente y me dormí casi al instante. Flotaba, giraba sobre mi mismo sin recordar donde estaba cuando unas manos de mujer, Elena de nombre y unos extraños y bellos ojos negros, me zarandeaban y llamaba para subir todos a la montaña para cumplir mi sueño.  Tenía un lanzallamas en cada  sien, resaca hasta en las pestañas  y malestar general. No me podía creer que después de una hora en la litera tuviera que abandonarla para subir montaña arriba. Eran las cuatro de la mañana cuando estaba fuera del refugio con el resto de la gente, una manta para el frío, el de dentro y el de fuera, y un frontal de luz que alguien me prestó.

Durante la primera hora de subida me encontré realmente mal. Después fui estando mejor y cuando llegamos  a la cima mi estado físico era inmejorable.

Y el espectáculo.

El cráter es inmenso en su diámetro, no demasiado profundo y puedes recorrerlo totalmente.

Allí acurrucados en unas rocas y evitando apoyarte en el suelo debido al calor que desprende el azufre vi amanecer. Es noche violeta y estrellada, fijas la vista en el horizonte del mar, aparece un pequeño punto amarillo, deja de ser de noche y en dos minutos llegan los rayos del Sol al cráter. En la vida había visto  nada igual. Sobrecogedor.

De pronto marchamos al lado opuesto para ver la sombra del Teide reflejada en el mar. Toda la montaña, una gran uve al revés sobre el océano Atlántico. Durante algunos minutos olvidé todo el calor de fuego que soporté el día anterior. He pensado muchas veces que mi gusto por ver amanecer me persigue desde aquel entonces. Eso y por alguna mujer que recorrió conmigo las calles de Madrid hasta encontrar un bar abierto, de nuevo, para compartir el desayuno, parar las manos, y hojear mal que bien un periódico recién comprado.


Desde el cráter del Teide Fotos: PAMR