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Diez suecas

Leí a Maj Sjöwall y Per Wahlöö en Bruguera (Libro Amigo, Novela negra) y luego pasé a Versal (Crimen & CIA). Los perseguí en otras lenguas y terminé en francés, 10/18, antes de volver, verano/otoño del 2009, a comprarlas todas, diez obras, en Rivages/Noir. Arrancaron con Roseanna (1965) y escribieron nueve más, una por año. Hoy —más de cuatro décadas después— sigue siendo la crítica más consistente y lúcida a la socialdemocracia sueca, aquel extraño modelo de bienestar y espías. Alguien, imagino, me hablaría de estos libros. Corrían los modernos y felices ochenta y Felipe González, queremos un hijo tuyo, congregaba miles de simpatizantes en las plazas de toros. Modernidad imaginaria a cambio de reconversión industrial: aceptamos. Europa exigía nuestro sacrificio: nos pasamos en bloque (camareros de estío) al sector servicios. En catalán, los publica —con valentía editorial— Columna, the girls next door, vestidos con imaginativas e inquietantes portadas. En la solapa de los autores, elegante edición actual de RBA, se dice —en cuatro de las cinco aparecidas— que eran «comunistas declarados». En la quinta y reciente entrega El coche de bomberos desapareció (febrero, 2010), se refieren a Sjöwall y Wahlöö como «comunistas confesos». No se cuál de los dos términos prefiero. Ambos, «declarados» y «confesos» huelen a rancio, ultramarinos y salazón, semántica de alacena y manchego en aceite. Creo que por eso me gustan estas dos palabras. Soy un reaccionario y, pese la vitamina C y el Ipod, me hago mayor. La última frase que escribieron juntos, en la línea final de Los terroristas (1975), el policía Kollberg arranca un juego de letras: «Empiezo yo, y digo: equis, como en Marx…». Comunistas confesos, ya se sabe.

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