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Amores que matan

Vivieron deprisa, deprisa, murieron jóvenes, pero ni mucho menos dejaron un bonito cadáver. Los cuerpos de Bonnie Elizabeth Parker y Clyde Champion Barrow acabaron como un puñetero coladero, con cincuenta balazos cada uno, aquel 23 de mayo de 1934 cuando unos polis bajo el mando de un antiguo Ranger de Texas, Frank Hamer, les tendieron una cochina emboscada en una carretera perdida de Luisiana. Acababa así la vida y la corta pero intensa carrera delictiva de dos de los pistoleros más famosos de la historia, que fueron leyenda en vida entre su gente, los desheredados de la América rota y desvalida a la que cantó Woody Guthrie.
Habían nacido en Texas, pobres como las ratas. A Clyde le iba la marcha, y fue un chaval precoz que debutó robando unos chuches en la tienda de su barrio. A los 17, lo detuvieron por primera vez, y a los 21 ya era carne de trena. A Bonnie le chiflaban los niños, el country, su querida mamá, pintarse las uñas, escribir poemas, y hacerle mimos a su mascota, un conejito, aunque estuvieran en plena balacera.
«Vacaciones» entre rejas
Se encaprichó de Clyde aunque no era precisamente nueva en el asunto. Ya había estado casada, apenas una quinceañera, con un tipo de mala catadura, que le zurraba la badana cuando se echaba demasiados tragos al coleto. Pero con Clyde no tuvo dudas. Fue un amor intenso, marcado por las distintas «vacaciones» de la pareja en las penitenciarias del estado de la Estrella Solitaria y aledaños.
No está muy claro que Bonnie le guardara las ausencias a su Clyde, pero las separaciones las entretenían intercambiándose cartas de amor como pipiolos. Bonnie era una chica menuda, pero de las más bonitas del condado, rubia de ojos azules, siempre a la última moda y, para ser de pueblo, bastante estilosa, maneras que aprendía de los astros de Hollywood, porque el cine fue otra de las grandes pasiones de la pareja, además de reventar cajas fuertes.
Tanto algunos de esos poemas, como la correspondencia íntima de la pareja han sido recogidos en «Wanted lovers. Cartas de amor de Bonnie & Clyde» (Ed. Alpha Decay), ilustrado por fotografías procedentes de una cámara que la pasma le incautó a Blanche Barrow, la mujer de Buck, hermano de Clyde.
Bonnie y Clyde no fueron los pistoleros más rápidos al oeste del Mississippi. Ni los que más pavos metieron en la saca. Incluso se dice que Bonnie no disparó un solo tiro en su vida, aunque Clyde sí que le dio matarile a una docena de personas (no todos los casos están probados), casi siempre maderos que se interponían en su camino. Sin embargo, fueron héroes para su gente. Y todavía hoy en día se les hacen homenajes en algunas polvorientas carreteras de la América profunda.
Se les dedicaron canciones (Serge Gainsbourg y Briggite Bardot) y desde el puñetero infierno pudieron contemplar su gran sueño hecho realidad, convertidos en estrellas de cine 34 años después de su muerte, a las órdenes de Arthur Penn y nada más y nada menos que metidos en los cuerpazos de Warren Beatty y Faye Dunaway. A título póstumo, pero ese sí que fue el gran golpe de su vida.


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