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Publicado en EL PAÍS en 1984

Si alguien me hubiera anunciado que mi artículo Lillian Hellman y otras conductas (El País de 9 de junio) iba a desencadenar reacciones en cadena que incluirían (véase Cuba, Preceptiva e información, de José Angel Valente, El País de 29 septiembre) un curso básico sobre el corte de caña y la posibilidad o imposibilidad de que mis manos hayan tenido callos, le habría respondido que derivaciones tan absurdas sólo ocurren en La cantante calva, de Ionesco. Reconozco que estaba equivocado: también pueden ocurrir en las polémicas, sobre todo cuando uno de los polemistas tiene como objetivo primordial la descalificación previa del adversario. Si no respondí antes al conocido poeta que acaba de incorporarse al afinado coro de mis contradictores, fue porque preferí esperar a que las sucesivas erratas sobre el nombre, la nacionalidad y profesión de Artigas llegaran por sí mismas a su escueta verdad. Ahora que por fin sabemos que nuestro héroe no se llamó Miguel, sino José Gervasio; que no era cubano, sino oriental, y que su profesión tenía más relación con las artes militares y políticas que con las literarias, ya es posible encarar las restantes erratas del artículo de marras. En esta nueva arremetida, el intento descalificador tiene dos matices: 1.¿Quién soy yo, apenas un “autor oriental, domiciliado en la corte” para amonestar al novelista español Juan Goytisolo, “a propósito de la inconveniencia de salirse del tema previamente impuesto” ? 2. Según Valente, yo habría faltado a la verdad cuando, en una carta privada de 1970, expliqué “cómo tenía callos en las manos a fuerza de cortar caña en el trabajo voluntario”. Se refiere a Cuba, claro. Frente a la primera descalificación, sólo puedo decir que nunca consideré que el mero hecho de rectificar una información o de aportar otra nueva arriesgara ser interpretado como amonestación. Nada más lejos de mi ánimo que propinarle una lección a Juan Goytisolo. ¿Desde cuándo un escritor tercermundista, y para colmo sudaca, puede atreverse amonestar a un famoso novelista del Primer Mundo? Otro poeta español, Antonio Colinas, publicó un artículo: Presiones sobre el escritor comprometido (El País de 30 de septiembre), en el que comentaba otra de mis notas, y creo que sus observaciones no sólo eran pertinentes, sino que enriquecían evidentemente el tema. Pese a las diferencias por él marcadas, de ninguna manera considero que me haya amonestado; por el contrario, le agradezco la lúcida atención que prestó a mis opiniones. La segunda descalificación de Valente me parece casi surrealista, es muy fácil narrar, con deleite y con sorna, que una de mis compatriotas le leyó hace catorce años, en Ginebra, una carta en al que yo hablaba de mis cortes de caña en Cuba y de los callos de mis manos.

Foto: max

El poeta Valente acota que no cree en mis callos; yo, en cambio, no creo en la existencia de esa presunta carta mía, traída a cuento nada más que como elemento descalificador, ya que no agregaba nada a lo que se discutía sobre Lezama o Casey. Jamás he escrito una carta de ese tenor, entre otras cosas, porque nunca he cortado caña, ni en Cuba ni en ninguna otra región del orbe. De modo que, poco amigo Valente, toda su lección, bastante amonestadora por cierto, sobre el arte del machetero no me sirve de nada, ya que si no corté caña cuando tenía cincuenta años, menos podría cortarla ahora, a mis asmáticos sesenta y cuatro. Así que, si usted encuentra algún papel o papelito en que yo afirme eso que usted tan burlonamente cita, le autorizo a que me propine sarcasmos aún más inclementes y burdos que los que ya se ha dignado a consagrarme. Ahora bien, que yo no haya cortado caña no significa que no haya cumplido, durante mi primera permanencia en Cuba (1968-1971), tareas agrícolas como forma de trabajo voluntario, en compañía de otros trabajadores de la Casa de las Américas. Por cierto, que también las han realizado durante años, y siguen realizándolas, cientos de brigadistas españoles, domiciliados en España y no en Ginebra. Entiendo que desde esa ciudad, tan civilizada y confortable, donde Valente residió desde 1958 a 1982, puede resultar extraño, o por lo menos sorprendente, que un escritor llegue a tener en sus manos callos que no sean los provocados por la pluma o el bolígrafo. Verdaderamente, no me quita el sueño que el poeta Valente no crea en mis modestos y prosaicos callos (en la fe de erratas debería constar que eran más bien ampollas), pero yo sí creo en ellas, ya que bastante me molestaron cuando me reintegré a mi trabajo normal en el Centro de Investigaciones Literarias (que dirigí desde 1968 a 1971) y quise escribir nuevamente a máquina, y créame, poco amigo Valente, que ese episodio (sólo duró dos meses), del que nunca me he jactado, no significa ninguna vergüenza en mi currículo. Quizá lo que la “distinguida señora oriental” (no puedo imaginar de quién se trata) leyó en 1970 no fuera una carta, sino un poema, titulado El surco, en el que si hago referencia al trabajo voluntario (no al corte de caña) en el campo cubano. No descarto que mi poesía fuera tan prosaica y tercermundista que a Valente le pareciera prosa, y en ese caso le pido tardías y retroactivas excusas por nuestro incorregible subdesarrollo. Quiero señalar que en ninguno de mis artículos mencioné ni ataqué a Valente, y además que no fui yo quien inicié el tema de Cuba. Siempre son otros los que lo proponen, en ejercicio de una obsesión casi incurable. Escriba sobre filatelia o sobre el Santo Padre, sobre el eclipse del Sol o sobre el gazpacho, siempre seré increpado sobre Cuba, ese mi irredimible pecado. Como bien recuerda Valente, soy uruguayo (u oriental), y me decepciona un poco que el autor de Tres lecciones de tinieblas, tan preocupado por escritores como Lezama o Casey, que nunca estuvieron en presión en su país de origen, no haya escrito ni una línea (ojalá alguien pueda rectificarme) por la libertad de escritores tan orientales como Mauricio Rosencof (dramaturgo) o Hiber Conteris (narrador y dramaturgo), que llevan varios años en las durísimas cárceles uruguayas. Pero quizá esas noticias no llegaban a Ginebra. Por cierto decoro profesional, que todavía queda en el Tercer Mundo, no voy a referirme al viejo chiste sobre Napoleón que exhuma Valente, pero sí quiero expresar mi esperanza de que la carta privada de la viuda de Lezama (correspondencia a la que , por supuesto, no he tenido acceso) sea un poco más verdadera que mi inexistente, nunca escrita misiva sobre el corte de caña. Que en la bibliografía de Lezama Lima no figuren libros publicados entre 1970 y su muerte, acaecida en 1976, no es después de todo tan extraño si se considera que Lezama trabajó hasta el final de su vida en su segunda y última novela, Oppiano Licario (publicada póstumamente en Cuba, en 1977) y que año y medio antes de su muerte escribía: “Continúo trabajando en mi otra novela, que será como la segunda parte de Paradiso. Se llamará La vuelta de Oppiano Licario”. No necesito recordarle a hombre tan culto como Valente que siempre ha habido escritores de producción reposada. Si Juan Rulfo lleva casi treinta años sin publicar libros de narrativa, o si José Hierro hace veinte que no publica uno de poemas, creo qqueno corresponde culpar de esos silencios a los sucesivos Gobiernos de México o de España. El propio Lezama, en la época inmediatamente anterior a la revolución, estuvo cinco años sin publicar un libro, pero, claro, entonces gobernaba el demócrata Batista, con el entusiasta visto bueno del Departamento de Estado, y, en consecuencia, las libertades cubanas no eran motivo de preocupación por el Mundo Libre. Sobre Calvert Casey (que se suicidó en Roma en 1969, o sea, cuatro años después de salir de Cuba) Valente asegura que “éste llegó de Cuba irrevocablemente suicidado”. Aquí habría, tal vez, que refutar a Valente con el verso del propio Valente: “Porque tú me has matado, dice el muerto”. En realidad, a Valente sólo le falta afirmar que Casey no se suicidó en Cuba porque tenía miedo de que lo fusilaran. Pero ya que, según Valente, los suicidios tienen tan larga incubación, conviene recordar que Casey, aunque educado en Cuba, nación en Baltimore (Estados Unidos) y vivió largamente en este último país antes de regresar a Cuba en 1960. ¿No cabrá la posibilidad de que haya salido suicidado de Estado Unidos? Después de todo, un espíritu sensible puede sufrir incurables lesiones frente al trato que allí soportan negros, chicanos y ricans. Resumiendo: a mi completa bibliografía lezámica, a mi afirmación de que Casey no se suicidó en Cuba sino en Roma, a mi constancia de haber escrito yo mismo un trabajo elogioso sobre Lezama Lima, Valente me responde con chistes de Napoleón, una carta privada y otra inexistente, frases fantasmales y la diáfana teoría del suicidio incubado. Es probable que en el Primer Mundo sea correcto polemizar así, pero en el vilipendiado Tercer Mundo ese procedimiento sería reputado como poco serio. Por último, y para tranquilidad de mis replicantes del pasado, del presente y del futuro, quiero aclarar que éste será mi último artículo de El País, al menos por un cierto periodo. No puedo negar que la insistente referencia, directa o indirecta, ambigua o brutal, a mi condición de extranjero, me trae recuerdos bastante ingratos de mi propia historia, pretéritos que no quisiera ver repetidos. Cuando ese elemento descalificador comienza a infiltrarse en las polémicas, éstas siempre se tiñen de injusticia, y el “espécimen importado” (como me calificó no hace mucho otro intelectual hispano) llevará siempre las de perder. También confieso que este autocese me significa una dura decepción. Primero, porque siempre tuve la osadía de pensar que un latinoamericano no podía ser un extranjero en España, como no lo fueron en América Latina, y concretamente en mi país (manes de José Bergamín y Margarita Xirgu), los españoles durante su doloroso exilio de posguerra, y luego porque El País es una tribuna que aprecio y que jamás me ha censurado una sola línea. Lo que más lamento de mi decisión es que inevitablemente me alejaré de los lectores españoles, que, por distintos medios, tanto me han estimulado en estos dos años de actividad periodística. Creo, sin embargo, que podrán comprender que seguir, semana a semana, ocupando el espacio de El País para rectificar línea a línea los desajustes de información en que las sucesivas réplicas suelen basar sus tajantes afirmaciones es algo que a otros puede entretener, pero a mí me fatiga. De todas maneras, mis artículos seguirán apareciendo en diversos periódicos de América Latina, o sea, en países donde no soy espécimen importado. Es obvio que en el mundo intelectual europeo existe una lamentable incomprensión sobre América Latina. Lo que sucede del otro lado del Atlántico se mide con rigurosa mentalidad europea, y por eso los errores son tan imperdonables y profundos. Eso ocurre en la Europa no hispánica y nos duele, pero nos duele muchísimo más que también estén en esa actitud de intolerancia y cerrazón buena parte de los intelectuales españoles. España es parte primordial de nuestra historia, de nuestra tradición, de nuestra cultura, y los exiliados latinoamericanos nos sentimos conmovidos por la acogida y la actitud solidaria que nos demuestran a diario otros sectores del pueblo español. Palabras como sudaca o tercermundista, que tan frecuentemente aparecen en los medios de comunicación españoles con su inocultable cuota de menosprecio (todo lo chapucero, soez, delictivo o ineficaz que sucede en España es unánimemente calificado de tercermundista), jamás las he escuchado del ciudadano de a pie. Mi ya largo currículo de exiliado me ha ido enseñando que en ciertos medios intelectuales y periodísticos difícilmente de le tolera al extranjero (salvo que sea foreigner) que opine sobre la realidad nacional. Por eso en mis artículos nunca me he referido a los actuales problemas y actitudes políticas de España (sobre las cuales tengo, por supuesto, opinión formada), de modo que nadie me puede acusar de falta de respeto, intromisión indebida o temeridad de juicio. Pero ahora que connotados intelectuales españoles me han hecho comprender que después de todo soy un extranjero, y de segunda, veo que no alcanza con esa discreción. La discreción debe incluir el silencio, y a esa sutil sugerencia me atendré de hoy en adelante. Para aspirar a la tolerancia y aun al elogio debería adoptar una actitud de efusiva comprensión hacia Estados Unidos (Hiroshima y Granada incluidas) y sobre todo borrarme de la solidaridad con Cuba y Nicaragua. Y eso no estoy dispuesto a hacerlo. Cada uno tiene sus convicciones, sus normas y su ética; yo tengo las mías y a ellas me atengo. A esta altura, después de once años de exilio, deportaciones, amenazas, prohibiciones y excomuniones varias, no voy a renunciar a un mínimo derecho privado: vivir en paz conmigo mismo.

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