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Divinas palabras

Acorazado. Lluvia. Casa. Rutina. Trabajo. Incertidumbre. Desamor. Interiores. Mukata. Barrizal. Defensa. Y así, si procede, hasta el infinito. El marco referencial —expresión actualizada por el lingüista Lakoff— determina el lugar que ocupamos en la escala social y, por extensión, en la cadena comunicativa: quiénes somos y desde dónde hablamos. Arranco el año 10 de este siglo triunfal con varios proyectos y escasa energía. Los saltos de esquí me han dejado extenuado y la faena cotidiana de la custodia —ni subida salarial, ni pistola que echarme al cinto— invita, estos días grises de invierno, a la tristeza existencial: jersey negro de cuello alto, Gitanes sin filtro y piano de Satie. Unos novios, viejos conocidos, pasean de la mano. Los reyes te han traído muchas cosas y a mí solo un balón —le decía un niño a otro en la eterna posguerra española— pero yo no tengo leucemia. Al caer la tarde veo en mi casa, ilegal, clandestino, delito, cárcel, persianas bajadas, soledad, fabada y cigarrillos, Avatar, el último éxito de la industria cultural del entretenimiento. Héroes y villanos. Los ejecutivos de Hollywood siguen con el discurso oficial: la lucha por imponer la democracia de mercado en el mundo conocido y, ahora, desconocido. Comprada en la calle a un senegalés de ojos azules, atravieso un desierto de tópicos camino del desenlace. Antes del final, desconecto. Bandidos. Justicia. Familia. Sindicato. Granero. Amor. Clases. Opresión. Mentira. Guerrilla. Cojo de una estantería, primera muestra, El arado y la espada. Del sionismo al Estado de Israel (Península, 2010) del Dr. Arno Mayer. En una nota a La transformación (antes La metamorfosis), publicada por Debolsillo (octubre, 2009), leo que Franz Kafka medía 1,82 según acredita su hoja de alistamiento militar.

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