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Manuel Fernández-Cuesta

 

 

 

Marta y Tom Ripley

Descartados turrones y regalos. Ni dioses, reyes, ni tribunos. No celebro fiestas navideñas. El 24 de diciembre me comporto como cualquiera día; el 25, otra festividad católica, resulta un extraño domingo familiar. El 31, la ceremonia laica del cambio de año, me acuesto a eso de las 22h y soporto los petardos, tracas, fuegos artificiales y demás muestras de regocijo administrativo desde la cama. Sólo mantengo una costumbre. El día 1 de enero, santos del día, Almaquio, Frodoberto, Fulgencio y Emmanuel, nombre del Señor, entre otros, me planto delante del televisor a primera hora —cafetera y canelones congelados— y veo, con deportiva indiferencia, los saltos de esquí desde la estación alemana de Garmisch-Partenkirchen. Cosas de la tradición y sus enigmas. Estos días, por otro lado, noto que me falta el aire. Será la tortura de la vida interior (su excesiva presencia ha sido resaltada, con juicio, por algunos comentaristas de este espacio) y dos lecturas. Anagrama (2009) ha reeditado las cinco novelas de Patricia Highsmith protagonizadas por Tom Ripley en un tomo vestido de rojo. Marta, imagino, las está leyendo. Aunque no lo sé. Los hombres llevamos oculto y reprimido (menos mal), algo de ese Ripley de papel: el perverso y amoral personaje que fijó para siempre —en el imaginario visual colectivo— Alain Delon. El otro libro que me persigue es Desgracia (Mondadori, 2000), del sudafricano Coetzee al que he vuelto, dos veces seguidas, buscando la vida que huye, desmadejada, por las grietas de la piel. Estoy a la espera de nueva remesa para leer Lenin y la revolución de Jean Salem (Península, 2010) y volver a la realidad. Un consejo: que no les regalen libros. Serán siempre el mismo.

“Emoción y capitalismo” de María Toledano en Las tumbas de Saint-Denis

 

 

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