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Manuel Fernández-Cuesta

Hollywood

El consumo emocional, uno de los artificios del sistema-mundo, es un carro repleto de comida basura e insatisfacción. Recorro, cansado, los pasillos de la editorial, animal enjaulado, y no encuentro acomodo. Enciendo y apago luces, agito las llaves, bajo al sótano, salgo a la calle, ordeno estanterías, olvido pitillos en el cenicero. La vida en marcha, marcha atrás, tiene momentos de dolor e incertidumbre. Los recuerdos aparecen vestidos de humo blanco, espeso, denso. Las equivocaciones forman parte de la identidad, del mismo modo que la verdad, superada la caja registradora del supermercado, muestra el lugar exacto desde el cual hablamos. Algo así ocurría en California —tierra de oro y grandes estudios cinematográficos— y en sus fiestas de alcohol y drogas, traidores, comunistas y vanidades que describe con rigor Reynold Humprhies en Las listas negras de Hollywood (Península, 2009). Una pequeña orquesta y teléfonos blancos; cínicos productores y contratos redactados en servilletas, piscinas en forma de riñón; chicas de Alabama o Nevada —con una copa pegada a su melena rubia, peluquería doméstica— que sueñan con ser actrices y una antigua estrella de cine mudo, pistolero a caballo, besando a un camarero. Varios mexicanos, piel cuarteada, aparcan brillantes coches. En ese caótico escenario humano, jauría de roces, talento, intenciones y secretos, el orden conservador de EE.UU. impuso su destructiva moral de combate y castigó con cárcel y silencio los brotes (rojos) de subversión. «¿Es usted en la actualidad o ha sido en algún momento miembro del Partido Comunista?» Llego a casa. Bajo las persianas. Leo una magnífica crónica de Raúl del Pozo sobre el libro en El Mundo. Será por la mística: ese olor salvaje y violento de la derrota.