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En el mismo folio la lista de la compra

y una canción como un cupón, de los ciegos

La Cabra Mecánica

María Toledano

El capitalismo es, en esencia, aceleración. Un impulso que barre las fronteras del tiempo agitado por la potencia imparable del beneficio empresarial. La estela, como llama fugaz, incendia la naturaleza y las emociones, destroza las relaciones familiares y las palabras de la tribu, elimina el recuerdo y construye un instante eterno en el que todo es repetición -consumo- sin diferencias. Esta aceleración, cuyo punto de arranque podemos reconocer en la década de los 80, transformó las relaciones de producción y el modo de vida de las sociedades hipermodernas, anulo la capacidad de evolución de los países en vías de desarrollo y giró el eje central del planeta -la guerra preventiva como teoría del miedo- hacia un lugar donde la sombra proyectada por la incandescente luz del progreso era sólo reflejo de la muerte.

La aceleración, supresión de la cadencia natural de las cosas, tránsito sin pausa, agitación espasmódica, exige lo que los liberales han definido, desde el siglo XIX y quedó fijado en las Conferencias posteriores a la Segunda Guerra Mundial, como “libertad”, es decir, la eliminación de las barreras, controles y cualquier mecanismo público de control sobre el mercado y los agentes que intervienen. Para llevar a cabo esta tarea, para desarmar a la sociedad y romper todos los vínculos, se hizo obligatoria la mutación del ser humano, su cambio. Anclados en sistemas perfeccionados por la tradición, asentados en sociedades de explotación basadas en aparentes coordenadas de igualdad entre sus miembros, la ruptura del individuo y su tejido social -la red de protección- exigía un giro de tuerca de la individualidad: su exaltación.

El tejido social, por utilizar un símil actual, es una red de redes cuyos nudos son las emociones. Los hilos que unen estos puntos, una malla construida en el espacio laboral, perfiló su razón de ser en la histórica conciencia de clase, en la unión ante las fuerzas opresivas y sus elementos de coerción. Los antiguos sindicatos de clase engrasaban la maquinaria dotando de coherencia a estas relaciones. El tejido familiar y las amistades, el contexto de la solidaridad, permitía -salvo en países dominados por una moral católica omnipresente- la inserción social y política, humana, de los individuos. A esta esfera pertenecen lo que, de forma elíptica, algunos sociólogos han definido como los “valores del Sur”, un conjunto de premisas articuladas (sustentadas en el pacto capital-trabajo) que hicieron posible el gran salto, en el caso de Europa occidental, de los llamados “treinta gloriosos”.

Pero esto no podía durar. La reducción de los beneficios empresariales, debido a un reparto más equitativo, empezó a cuestionarse por parte de los teóricos neoliberales. La ambición desmedida y el deseo de acumulación más allá de lo establecido se impusieron como normas de estilo. Los pactos de estabilidad laboral y financiera fueron puestos como ejemplo de freno al desarrollo. Estos teóricos, economistas y sociólogos de Chicago y otros thinks tanks, deseosos de consolidar sus posiciones de poder y su influencia en los dirigentes políticos, agitaron la bandera de la desregulación. Era necesario cambiar el curso de la historia, preconizar el fin de la misma, tal y como era concebida hasta la fecha, y sepultar para siempre la raquítica lucha de clases que encabezaban, ya con discreto talante negociador, los grandes sindicatos de clase europeos (Francia, Alemania e Italia). España, como siempre, permaneció al margen de este proceso estructural debido a las especiales condiciones laborales y emocionales propiciadas por la dictadura nacional-católica.

Cambiar el tiempo, convertirlo en una dinámica de arbitrariedad y falsa espontaneidad, significa alterar la realidad hasta el extremo de trastocar la esencia dialéctica, dinámica, de Historia. Robar el tiempo significa hurtar las emociones, privatizar, también, el espacio de la intimidad. Corresponde al pensamiento de la izquierda recuperar la idea de tiempo como sucesión frente a la eternidad del instante. Corresponde al pensamiento de la izquierda robar el fuego a los dioses del capitalismo y dotar a esta dimensión vital de su valor trascendental: articular la vida en marcha.

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