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Manuel Fernández-Cuesta

La Haya, 1677

Llega el otoño, por sorpresa, como cae la noche en el campo. Los formadores de opinión lanzan una nueva (vieja) campaña de intoxicación. Últimas noticias: el Raval está lleno de putas. El dilema entre aquellos que quieren prohibir (abolicionistas: Suecia y Francia) y los partidarios de la regulación (Holanda, por ejemplo) está abierto. Algunos progresistas (sic) creen que un reglamento de usos, costumbres y seguridad social arreglaría la cuestión. El derecho administrativo —ignorantes o ingenuos— como remedio a la explotación. La manipulación cotidiana cabalga a lomos de un tigre albino desbocado (tremenda metáfora del economista Paul Samuelson). Leo, línea a línea, las 618 páginas de Desinformación de Pascual Serrano (Península, 2009, 2ª reimpresión), prólogo de Ignacio Ramonet, y compruebo cómo se producen y circulan las noticias. Dice María Toledano: «Si en el siglo XXI nuestro conocimiento del mundo proviene, en su mayor parte, de la información facilitada por los grandes medios de comunicación, empresas que vigilan, por encima de cualquier otra consideración ética, sus intereses ideológicos y comerciales, ¿qué sabemos, en realidad?». Vuelvo, es recurrente en tiempo de penuria, al Tratado Político de Spinoza (cap.V, 4, edición de Atilano Domínguez) y, distraído, me quemo con el pitillo: «Por lo demás, aquella sociedad, cuya paz depende de la inercia de unos súbditos que se comportan como ganado, porque sólo saben actuar como esclavos, merece más bien el nombre de soledad que de sociedad». Spinoza, desde su enfermedad, desde su nada, murió el 21 de febrero de 1677, a la edad de cuarenta y cuatro años en La Haya.

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