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Norman Solomon (Media Monitors Network / Rebelión)

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

El último día de agosto, conocí a una pequeña llamada Guljumma. Tiene siete años, y vive en Kabul en un sitio llamado Distrito 5, Campo de Refugiados Helmand. Guljumma me contó lo que sucedió una mañana del año pasado cuando dormía en su casa en el valle Helmand en el sur de Afganistán. Las bombas estallaron a las 5 de la mañana. Algunos miembros de su familia murieron. Ella perdió un brazo.

Con su voz suave y seria, Guljumma describió esos eventos. Su padre, Wakil Tawos Khan, estaba sentado a su lado. Sacó copias de formularios oficiales que ha enviado al gobierno afgano.

Como los demás padres que estaban reunidos dentro de una burda carpa en este escuálido campo, Khan no ha llegado a ninguna parte a través de los canales oficiales. Se esfuerza por cuidar a su hija. Y tiene otros deberes porque representa a 100 de las familias del campo, que es poco más que zanjas, estructuras de adobe y lona haraposa.

Khan muestra una bolsa de plástico que contiene algunos kilos de arroz. Su responsabilidad es repartir ese arroz entre las 100 familias.

Productos básicos, como ser alimentos, llegan al campo sólo esporádicamente, dijo Khan. Donaciones provienen de hombres de negocios afganos. El gobierno de Afganistán hace muy poco. Naciones Unidas no ayuda. Tampoco el gobierno de EE.UU.

Khan subrayó su ansia de trabajar. Tenemos la capacidad, dijo – dennos algo de tierra, pongan un pozo y nosotros haremos el resto. Por el sonido de su voz, la esperanza se desvanece.

Se podría decir que la última vez que Guljumma y su padre tuvieron un contacto significativo con el gobierno de EE.UU. fue cuando éste los bombardeó.

Si la retórica fuera realidad, ésta sería una guerra por la defensa de los valores humanos. Pero la retórica no es la realidad.

La destructividad de esta guerra es la realidad para Guljumma y su padre. Y para cientos de familias en el Distrito 5 del Campo de Refugiados Helmand. Y, de hecho, para millones de afganos. La violencia de esta guerra – militar, económica y social – sigue destruyendo el futuro. Cada día y cada noche.

¿Está dispuesto realmente el gobierno de EE.UU. a ayudar a Guljumma, que ahora vive cada día y cada noche en la inmundicia de un campo de refugiados? ¿Está dispuesto el gobierno a gastar el equivalente del coste de una sola ojiva para ayudarle?

Hasta ahora, la respuesta es de una claridad obscena. Pero tal vez podamos imponer un cambio si contactamos a representantes y senadores en Washington y exigimos acción – para Guljumma, para Wakil Tawos Khan, para todos los residentes del Distrito 5 del Campo de Refugiados Helmand que sufren hace tanto tiempo y para todas las víctimas de la guerra en Afganistán.

El éxito de una pequeña o de un campo de refugiados puede ser un minúsculo paso útil hacia la inversión de las prioridades que actualmente hacen que el gobierno de EE.UU. gaste aproximadamente un 90% de su presupuesto para Afganistán en esfuerzos militares.

Washington oficial podría dar ahora mismo un paso hacia la decencia. Es fácil encontrar el Distrito 5 del Campo de Refugiados Helmand. Está en la capital de Afganistán, en Charahe Qambar Road. Un gobierno que utiliza sistemas de guía satelitales para apuntar sus misiles debiera estar en condiciones de encontrarlo.

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