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Manuel Fernández-Cuesta

Septiembre negro

Los castillos de arena quedan a merced de las olas, desguarnecidos. Septiembre se levanta arisco, lleno de promesas y falsa energía. El almacén —sin novedad en el frente del Este— está lleno y en perfecto estado de revista. Limpios, vírgenes y alineados, los libros aguardan, infantería ligera de pasta mecánica y cubiertas de neón, su turno de salida. Luego vendrán interminables viajes (como vaquillas alquiladas por los pueblos), las reseñas —la crítica ha desaparecido de la prensa, igual que la información— o el silencio: indiferencia general. Entre los fascículos (armamento de la Segunda Guerra Mundial, instrumentos musicales en miniatura o construya usted el Titanic) y la dieta disociada, el personal sólo tiene tiempo para leer facturas. «Componer una poesía digna de ser leída y recordada es un don del destino». Así arranca uno de los cuentos, La fugitiva, de Primo Levi que propone El Aleph. Por fin una edición completa, magnífico volumen, de Tutti i racconti. Poco a poco, no sin esfuerzo, se van llenando los agujeros negros del panorama literario nacional. Judío y antifascista, Levi, químico piamontés y escritor moral, pasó una temporada en los barracones de Auschwitz. Bajo los escombros golpeados por la marea, el teniente Drogo, un célebre (y armado) custodio italiano, evoca amores perdidos en tierras lejanas mientras escucha en la radio, desde el teatro Colón de Buenos Aires, el discreto desgarro de Madama Butterfly, voz de Renata Scotto. «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo», escribió Wittgenstein en su Tractatus. Si se cambia «lenguaje» por «consumo» habremos definido el valor supremo, incuestionable, de la democracia de mercado.

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