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Manuel Fernández-Cuesta

Pincelada autobiográfica

He sido lector editorial y mercenario en Afganistán; jugador de polo, barman en Positano y traficante de arte sumerio. Conozco las reglas básicas del protocolo y puedo recitar, diversas lenguas, a Ovidio, Leopardi y Baudelaire. En las montañas del opio, cerca de Kandahar, he visto huellas de Alejandro el Magno, misiles tierra-aire soviéticos silbando marchas fúnebres y niños sin niñez con miradas de espanto. Ahora, retirado, vivo en conversación con los difuntos y vigilo despachos, un almacén y la escalera de esta empresa. No añoro nada y, sin embargo, añoro todo. Las fotografías de Agustí Centelles —Bram, 1939— aparecen ordenadas en el libro La maleta del fotógrafo. El meticuloso objetivo capta la sombra del exilio: vidas que nunca volvieron a ser lo que eran. Sabañones y piojos recorren las láminas estucadas. Los guardias, en el azul Mediterráneo francés, eran altos, violentos y senegaleses. Si la fotografía no es buena es que no estás demasiado cerca, decía Robert Capa. El punto de vista es la perspectiva del mundo: la escala geométrica y moral (política) de la realidad. He conducido camiones por desiertos africanos, amanecido, drogado, en una barcaza en el delta del Mekong, enseñado Ontología en París, escrito en Granma y disparado, con precisión, armas cortas. No recuerdo, la memoria es selectiva, haber matado a nadie. El olvido y el deseo forman parte de la inteligencia humana. No recuerdo haber matado a nadie (quizá lo haya olvidado). Atravieso las páginas, primeras noches calurosas, de Une histoire de la violence au Moyen-Orient de Hamit Bozarslan (Península, en otoño). En Kandahar, años atrás, sólo servían Mecca-cola.

centelles

Fotos de Agustí Centelles

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