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Manuel Fernández-Cuesta

Estrategia de connivencia

Sí, claro; por supuesto; faltaría más, ahora mismo lo hago; a sus órdenes; gracias, muchas gracias. La mentira, articulada como discurso activo de resistencia, sustenta las relaciones laborales. Generaciones de subalternos han aplicado con esmero la misma estrategia: sonreír. Si añadimos, además, que el empleado es mujer, la cosa se agrava: miradas oblicuas, insinuaciones, roces, falsas complicidades. El poder domina —el mono se puso de pie, illo tempore, para recibir medallas— por su potencia (es decir, por su posibilidad, aristotélica, de pasar de la potencia al acto). Leo, las noches son largas, Industrias de la conciencia. Una historia social de la publicidad en España de Raúl Eguizábal (Península, 2009) y De la miseria humana en el medio publicitario del Grupo Marcuse (Melusina, 2006). Ambos trabajos analizan, con precisión de orfebre, eso que se denomina la esfera de lo real, el espacio universal de la publicidad. Hemos pasado del neón a la interiorización de las historias ajenas: «la publicidad es indisociablemente un síntoma de la devastación del mundo y uno de sus motores». Nuestras conexiones neuronales ya no detectan ideas o referencias —están perdiendo esa capacidad— sino experiencias y sensaciones que, en la mayoría de los casos, provienen de laboratorios de análisis: lingüistas, neurólogos, publicitarios. Desconocemos la raíz de las cosas, su origen. El tiempo se ha dilatado hasta convertirse en un presente elástico, un plástico industrial, ficción de la ficción, en el cual las redes sociales (disuelto el tejido socio-asociativo) son los nuevos sujetos globales del consumo. Sí, claro; por supuesto; faltaría más, ahora mismo lo hago; a sus órdenes; gracias, muchas gracias.

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