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Julio Ortega Fraile/Pilar Izquierdo Teruel (Rebelión)

Creo que soy estúpido. Cuesta reconocer algo así pero una vez que se asume esa realidad es mucho más soportable afrontar el devenir de unos acontecimientos casi siempre penosos. Pero quiero aclarar que mi imbecilidad no está provocada por alguna anomalía funcional de mi organismo, en ese aspecto soy un individuo corriente, digamos que del montón, del montón de los idiotas, así que constituyo un típico ejemplo de lo que abunda. Soy así simplemente porque pertenezco a la especie humana y por lo tanto producto de la genética, de la educación, de la domesticación y de las debilidades propias del hombre, un animal racional que a medida que avanza en conocimientos parece retroceder en dignidad, en inteligencia aplicada al progreso social y en valores éticos; en estos últimos no me refiero a los signos de pacatería tan abundantes a lo largo de nuestra Historia y de los que el progreso no parece haber conseguido librarnos, sino a los que deberían de hacer que nos revolviésemos ante cualquier injusticia, sometimiento o actuación arbitraria por parte de los que detentan el poder.

Soy estúpido como estúpida es la Sociedad en su mayoría pero ni mis semejantes ni yo -y me circunscribo a los ciudadanos de a pie- somos ladinos. Esta “virtud” parece ser exclusiva de un gran número de dirigentes políticos y de los empresarios y propietarios de los medios de producción y de comunicación realmente poderosos e influyentes, aquellos que de bien de cara a la galería o desde la sombra, son los que toman las decisiones en cuestiones que después habrán de afectarnos a todos, pero lo hacen sin contar con ninguno y tan solo en función de sus intereses particulares y de los de aquellos con los que comparten la pertenencia de nuestras vidas y la capacidad de decisión sobre nuestros destinos. Soy un miembro más de ese rebaño de borregos que parecemos haber venido al mundo para satisfacer las necesidades de unos pocos ganaderos y como mis compañeros de servidumbre, agacho la testuz y soporto los palos de mi amo con una resignación eterna, porque ese es mi cometido y así se han encargado de enseñármelo y a mi vez, le transmitiré a mis hijos cuál es nuestra función: soportar el trato que se nos dispense por más vejatorio que sea, producir para nuestro dueño y sobre todo, no rebelarse jamás.

¿Y por qué muestro esta falta de consideración hacia mi persona y algunos dirán que de respeto a mis congéneres? pues por una razón, porque sólo se explica a través de la estupidez en el sentido peyorativo del término, que no en el patológico, el que seamos capaces de tolerar con tal estoicismo la que nos viene cayendo encima a la masa de los seres humanos a lo largo de la Historia -hoy diluvia- y que sin embargo, nuestra respuesta continúe siendo la docilidad, el acatamiento y el conformismo.

En la localidad en la que vivo hace poco se convocó por parte de formaciones políticas de izquierda aparentemente real y de sindicatos todavía no transformados en ministerios receptores de partidas estatales millonarias para acallar su voz -los mismos que dicen que todavía no se dan las condiciones para una huelga general, son los que acertadamente denomina como “sindicatos de moqueta” el Sr. Manolo Caamaño, portavoz y secretario general del CUT (Central Unitaria de Traballadores)- una manifestación en contra de esto que se ha dado en llamar crisis y que algunos calificamos como consecuencia natural e inevitable de un sistema capitalista. Pues bien, acudió a la concentración un grupo de personas que prácticamente cabía en un autocar. También hace pocas fechas se ha hecho un llamamiento para protestar por el mal estado del campo de fútbol en el que juega el equipo local y para exigir su mejora. Se habría necesitado una nutrida flota de autobuses para transportar a los que respondieron a esta cita.

¿Cómo se puede calificar a una sociedad que se moviliza de tal modo por unas instalaciones para jugar al balompié y le da pereza, o tal vez directamente siente desinterés, en expresar su rechazo e indignación por la miseria material que nos atenaza a la mayoría de los ciudadanos, a los que conformamos el proletariado y a pequeños empresarios? Digo pobreza en lo que a bienes tangibles se refiere porque de la moral, hace mucho que somos víctima por nuestra cobardía y por no haber sido capaces de sacudirnos el yugo que otros hombres nos han uncido. Y vaya por delante tanto mi respeto a reivindicaciones de ámbito deportivo, como mi desprecio a que éstas se antepongan o tengan más apoyo que las sociales y en las que están en juego unas condiciones de vida adecuadas a las que debería de tener derecho todo ser humano por el simple hecho de serlo, con independencia de su raza, sexo, edad, nacionalidad o posición económica.

Y si no somos estúpidos nos comportamos como tales que para el caso viene a ser lo mismo. Nos dicen que tengamos paciencia, que están haciendo todo lo posible y probablemente, cuando muchos hayan perdido su trabajo, la casa, el coche, quién sabe si hasta la familia, que ya se sabe eso de que “cuando la pobreza entra por la puerta el amor sale por la ventana” y en algún caso incluso la libertad -explíquele Vd. a un padre de familia con tres hijos que vivan con 420 euros al mes de ayuda familiar y que no le ronde la idea de robar- llegados a ese punto tal vez todo vuelva a su cauce y poco a poco, la gente se vaya recuperando y por lo tanto, entrampando e hipotecando su vida de nuevo para rescatar los bienes que perdió. Y así es el proceso, el hombre es una marioneta al servicio de un Sistema que sabe cuándo cortar y cuándo anudar los hilos que lo hacen bailar a su son y ese hombre estúpido y que ha perdido la capacidad de reaccionar, esa marioneta con la voluntad adormecida, la dignidad vendida y la rebeldía domesticada, es y seguirá siendo un muñeco articulado y a merced de aquellos que lo manipulan. Siempre pusilánime y apocado, siempre temeroso, siempre callado, siempre resignado, siempre imbécil… excepto a la hora del partido de fútbol. ¡Qué orgulloso debe de estar el Sr. Botín y todos los “botines” que en esta Sociedad son, de la timorata condición de sus borregos!

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