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ABCD/ABC

Si el dios Pan aterrizase un buen día en el Brasil, se sorprendería de hasta qué punto los pobres y mortales humanos han logrado aprender desde que él andaba triscando por los montes helenos detrás de las ninfas con el cayado en una mano y la flauta en la otra. El dios griego puede sentirse orgulloso de un país en el que cantar y gozar son todo uno, donde la canción y el ritmo son uno de los hermosos ejes sobre los que gira la vida. Sí, a veces, muchas veces, parece que los brasileros han sido tocados por la varita mágica de la musicalidad. Hombres y mujeres, abuelos y niños, la gente de Brasil nunca se cansa de cantar. Es como una tradición laica que se renueva día a día.

Poliédrica. Si antes fueron Jobim, Elis Regina, Caetano, Gilberto Gil, Vinicius, Gal Costa, Joao Gilberto, Nascimento, ahora el testigo lo han recogido, y de qué manera, Adriana Calcanhotto, Carlinhos Brown, Arnaldo Antunes, Chico César. Y Marisa Monte. Marisa, carioca del 67, voz y pesencia sensuales, poliédrica en su registro, elegancia, hermosura, un aliento cálido y una dicción de ensueño. Marisa, lleva ya veinte años de carrera (empezó a los nueve, dándole a las baquetas de una batería que le regalaron por su cumpleaños) a través de los cuales ha grabado álbumes excepcionales como Marisa Monte (1989), Memórias, Crónicas, e Declaracões de Amor (2000), Infinito Particular (2006), y el más popular fuera de Brasil de todos ellos, Tribalistas (2003), haciendo trío con Carlinhos y con Arnaldo.

La cantante y compositora de Río de Janeiro estrena ahora Infinito ao meu redor. Un trabajo compuesto por un dvd que recoge la vida y milagros musicales de la artista durante dieciocho meses, acompañado por un cd con tres nuevas canciones. El dvd está basado en la gira de sus dos últimos discos, Infinito particular y Universo ao meu redor, y ofrece una interesante panorámica de todo lo que es la vida de un músico detrás de las bambalinas mientras realiza una gira mundial.

Vida y sentimientos. Aquí está todo lo que puede sentir un cantante. Desde los primeros y exhaustivos preparativos («los músicos somos como la tripulación de las antiguas carabelas», cuenta Marisa), hasta sus reflexiones sobre el negocio de la música o una entrañable y cercanísima Marisa dándole a la calceta en las horas muertas o lavando su ropa de gala en la bañera de los hoteles («me gusta que mis conciertos sean muy glamurizados»). Hay tiempo también para la reflexión sobre el propio trabajo («la composición es lo que más se parece a lo que la gente se imagina como el trabajo de un músico»), la relación con los aficionados y hasta por los aspectos menos románticos de lo que es subirse a una escenario: «Otras se compran zapatos o bolsos, yo prefiero gastarme el dinero haciendo espectáculos». Y una satisfacción final: «Cuando trabajo y vocación van unidos dan sentido a la vida», sentencia la cantante.

Madre de dos niños pequeños («me gusta mucho el directo, pero ahora quiero verlos crecer y acompañarlos, se me hace muy duro estar fuera»), Marisa Monte es una mujer de su tiempo, consciente de que Internet y las nuevas tecnologías, a pesar de los pesares, son algo «muy positivo, porque hace la música más accesible que nunca. Con un simple click, mis discos están al alcance de cualquiera». Porque aunque haya peros, «se venden menos discos, sí, pero se conoce mucho más a los músicos y es muy fácil y barato grabar por tu cuenta con un computador», no es menos cierto para la artista que «vivimos un momento muy interesante de transformación, porque a pesar de la crisis están sucediendo muchas cosas interesantes y nuevas, se están cantando y contando cosas muy interesantes al mundo?».

Sin duda, después de año y medio recorriéndose el planeta, de Brasil a Australia, de Río de Janeiro a Japón, pocos como un músico trotamundos para asegurar que «con total certeza -cómo suena el portugués, ese castellano hermosa y delicadamente antiguo, en sus labios-, músicos y navegantes somos de la misma raza». El mar, la música, territorios de esperanza al socaire del corazón, al pairo de la vida, países donde el hombre todavía es libre.

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