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Manuel Fernández-Cuesta

Estrategia de ruptura

No, no me han despedido. La custodia de edificios y bienes privados, pese a la escasa rentabilidad mercantil de la tarea, sigue siendo necesaria, una actividad —incluso en las obras paralizadas— ajena a la crisis. Aquí estoy —desarmado, cautivo, derrotado— y resisto las embestidas del toro de la recesión, animal colorado e infernal, huérfano de sangre, ojo de perdiz, un toro malencarado y fiero, pariente lejano del mítico de Manolo Prieto, el de Osborne: la destilería compró el diseño al artista e inundó las lomas patrias para regocijo de turistas y niños. Aguanto, fumo y sonrío. Sonreír en el trabajo es tarea ingrata, propia del personal subalterno. Nos pasamos la vida sonriendo: al jefe, a los mil jefes; en casa, en las mil casas. Sonreír, por obligación, es una triste rutina que afea el rostro. Sólo los ricos (y los jefes) muestran su verdadero semblante. Jacques Vergès, nacido en Reunión (1925), territorio francés de ultramar, es uno de los abogados más inteligentes que han pisado los tribunales europeos. Ahora, veintinueve años después, Anagrama reedita su obra Estrategia judicial en los procesos políticos. Vergès, sabio y astuto, distingue entre procesos judiciales con estrategia de connivencia y procesos de ruptura, en los cuales el acusado, Sócrates o Dimitrov, niega la legitimidad del tribunal, rechaza la autoridad de jueces y fiscales. A la mierda con Freud, decía Umbral cansado de sus sueños. A la mierda con la autoridad, diríamos si fuéramos libres, espartaquistas. González Duro, psiquiatra cabal, escribió, tiempo atrás, un magnífico ensayo sobre el miedo que indaga —partiendo de Mijaíl Bajtín y sus estudios sobre cultura popular en la Edad Media— en esta cuestión. La sonrisa de Vergès es irónica, como sus ojos rasgados.

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