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John Lewis (The Guardian / Rebelión)

Traducido por Manuel Talens

Pocos días antes de mi encuentro con Gilad Atzmon éste se vio inmerso en el ojo de un huracán internacional. El primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdoǧan, lo citó aprobadoramente en un debate con el presidente de Israel, Shimon Peres. “Atzmon, que es judío”, dijo Erdoǧan, “dice que la barbarie de Israel va mucho más allá de la crueldad”. Desde entonces, Atzmon ha estado recibiendo doscientos correos electrónicos por día, su teléfono móvil suena sin cesar y sus palabras son la comidilla de cientos de blogueros en todo el mundo. Él está encantado.

“¿Un líder mundial citando a un artista?”, dice riendo. “¿No le parece increíble? Y no citando a un cantante, ni siquiera a un jodido pianista, sino a un jodido estúpido saxofononista…

A muchos podría incluso sorprenderles que Atzmon sea saxofonista. Su carrera musical ha permanecido durante mucho tiempo sofocada por el ruido atronador de sus actividades extracurriculares: sus furiosos ataques contra Israel (escribe en el sitio web Palestine Think Tank, donde también es editor); sus textos filosóficos sobre la identidad judía atraen la atención de gente como Noam Chomsky y sus dos novelas cómicas han sido traducidas a veinticuatro lenguas.

Sin embargo, desde su llegada a Londres en 1994, Atzmon también ha destacado como uno de los mejores saxofonistas de la ciudad. Su capacidad de trabajo es fenomenal: da más de cien conciertos al año, alternando entre su cuarteto de jazz bebop straightahead y su banda The Orient House Ensemble, de sonido arabizante, cuyo nombre es un homenaje a la antigua sede de la OLP en Jerusalén Este. Además de haber grabado nueve álbumes propios, va de gira y graba con los Blockheads, banda en la que se integró dos años antes de la muerte de su líder, Ian Dury. En estos momentos graba un tercer álbum con otro gran excéntrico inglés, Robert Wyatt, que lo describe como “uno de los pocos genios musicales que he conocido”. El día de nuestro encuentro, Atzmon estaba asimismo produciendo un álbum de la cantante de jazz iraqí-holandesa Elizabeth Simonian; también ha dirigido recientemente varios discos de la cantante y compositora Sarah Gillespie, del percusionista y cantante de afro-jazz Adriano Adewale y del bajista de los Blockheads, Watt-Roy.

in-loving-memory

Este mes, Atzmon publica su último proyecto, el álbum In Loving Memory of America, que según él es una historia muy personal sobre cómo se enamoró del jazz y cómo se enamoró –y luego desenamoró- de Usamérica.

Atzmon nació en Tel Aviv en 1963 en el seno de lo que describe como “una familia sionista laica y conservadora”. Durante su servicio militar fue paramédico en el ejército israelí durante la invasión del Líbano de 1982 y fue entonces cuando empezó a poner en entredicho algunos de los preceptos básicos de su educación. “Me di cuenta de que formaba parte de un Estado colonial nacido del saqueo y de la limpieza étnica”, dice. Buscó consuelo en el jazz, sobre todo en los discos que Charlie Parker grabó con orquesta de cuerdas a principios de los años cincuenta.

“Charlie Parker With Strings fue el primer álbum del que me enamoré cuando tenía 17 años”, dice. “Ése fue el disco que me hizo querer llegar a ser músico de jazz. Me encantaba la manera en que en él la música es al mismo tiempo maravillosa y subversiva, la manera con que Parker disfruta de las cuerdas pero también lucha contra ellas. A partir de entonces nunca me han entusiasmado los discos de jazz suave con violines y ésa es la razón por la que yo quería hacer uno a mi manera, como creo que debe ser, para poner las ideas de Parker en un contexto moderno.”

En su álbum, la orquestación de las cuerdas corre a cargo del violinista Ross Stephen, de Tango Siempre, el grupo de tango británico con el que Atzmon ha grabado y actuado en fechas recientes. A pesar del su poco ortodoxo entorno, este álbum es el más jazzístico de Atzmon desde su incendiario Take it Or Leave It de 1999, en el que prescindió del piano.

Gilad Atzmon With the Cyprus Symphony Orchestra

“Es verdad”, admite. “Me he creado una reputación como saxofonista de jazz, pero la ironía es que últimamente no suelo hacer discos de jazz. Pero me encanta el jazz, porque nunca sé cómo va a sonar la siguiente nota. Eso es lo que convierte al jazz en algo auténtico y genuino.”

“Ése es también uno de los problemas que observo en mucho jazz contemporáneo. La mayoría de los jóvenes músicos que me suelo cruzar poseen una orientación visual. Aprenden notas individuales en un pentagrama, pero no aprenden a ponerlas una tras otra. Cuando enseño a estudiantes les digo que dejen de lado su instrumento y aprendan a cantar.” Canta para mí una complicada frase de bebop. “Sólo entonces, una vez que uno ha aprendido a cantar algo, debería aprender cómo tocarlo. Así es como los músicos indios aprenden a cantar ‘ta-ra-ta-da’ durante años antes de que se les permita tener entre sus manos una tabla.”

“A esto que le digo yo lo llamo inversión de la primacía del oído. La educación occidental está orientada de manera demasiado visual: uno toca dos compases de un acorde, dos compases de otro, todo está escrito en unas coordenadas. Y lo sé porque veo la manera en que mi hija está aprendiendo el violonchelo. Todo está metódicamente codificado. Sin embargo, no hay manera de poner por escrito la música árabe.” Tararea una melismática frase musical árabe. “No es posible transcribirla. Uno tiene que aprender a interiorizarla antes de tocarla con un instrumento. Hay que escucharla. Y es ahí donde yo veo la intersección de la música y la política. Para mí, la música árabe introduce la ética en mi música. En Occidente no escuchamos las voces árabes. No escuchamos a Hamás. No escuchamos a Hezbolá o a Ahmadineyad.”

Atzmon no necesita gran cosa para saltar de la música a la política: se lanza a una larga, furiosa y a menudo hilarante declaración sobre el islamismo. El problema es que una cáustica argumentación política casa mal con la música, sobre todo si ésta es instrumental. El método musical de Atzmon consiste en jugar con nociones de identidad cultural, flirteando con géneros tales como el tango y el kletzmer, así como con diversas formas folclóricas árabes, balcánicas, zíngaras y ladinas. Sólo uno de sus álbumes fue realmente malo –su torpe sátira kletzmer Artie Fishel and The Promised Band, de 2006, en el que se burló de la naturaleza artificial de la política idéntica vía judía–, pero incluso los mejores que ha grabado poseen un ligero matiz anodino y homogéneo que los diferencian de sus vertiginosas actuaciones en directo.

“Mis discos no tienen nada que ver con mis conciertos”, dice. “Se trata de algo muy deliberado. No creo que nadie pueda sentarse en su casa y escucharme tocar un solo bebop completo. Es demasiado intenso. Mis discos han de ser menos maníacos. Por supuesto, el formato de la música en lata está agonizando, muy pronto el único sitio en que cualquiera de nosotros venderá discos es en los conciertos, pero todavía me sirve como documento importante de cualquier proyecto en el que estoy trabajando.”

Más que su música, es el franco antisionismo de Atzmon lo que lo ha elevado a la categoría de estrella internacional, sobre todo en el mundo árabe, donde sus ensayos gozan de una amplia difusión. (Está a favor de la solución de un solo Estado en Palestina; reconoce que dicho Estado probablemente caerá bajo control islamista, pero añade: “Que lo decidan ellos”. También tiene muchos enemigos, incluso entre sus antiguos aliados. Algunos activistas palestinos consideran su provocativa retórica antijudía como algo negativo para la causa, mientras que el Socialist Workers Party, que antes lo apoyaba orgullosamente en conferencias, se ha distanciado de él.

“Me importa una mierda”, dice encogiéndose de hombros. “La causa palestina no pertenece a nadie. Y yo no me identifico con ningún partido político. Ésa es la ventaja que posee el artista frente al político. El político, el científico o el académico observan el mundo y tratan de decirnos cosas sobre nosotros mismos. Yo, en cambio, soy un artista. Me observo a mí mismo y trato de decirle a la gente cosas sobre el mundo. Los artistas sobrepasamos los límites porque hacemos introspección. Nadie está obligado a escuchar lo que digo. O lo toman o lo dejan. Pero esa es mi verdad.”

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