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Manuel Fernández-Cuesta

 

 

 

“Mixomatosis”

Dicen que se descubrió en Uruguay, 1938, en conejos llegados de otras tierras. Los síntomas son claros: apatía, pérdida del apetito, fatiga y altas fiebres. Transmitida por pulgas y demás artrópodos chupadores de sangre, esta enfermedad —tumores en los tejidos mucosos— degenera en conjuntivitis que, pocos días después, deja ciego al animal. La muerte, irremediable, lenta, se produce a las dos semanas. El lince y el águila imperial ibérica (siempre presente en lo nuestro la épica de por el Imperio hacia Dios), depredadores naturales e interesados por la salud del oryctolagus cuniculus, sufrieron importantes bajas con esta plaga. Sospecho que algo así ocurre en la literatura y el ensayo. Primero irrumpen —autores nuevos, originales ideas, miradas diferentes— por campos, periódicos y librerías; después, sin mediar razón lógica, la calidad sufre una repentina apatía existencial, dejan de comer y beber en las fuentes trasparentes de la realidad, aparecen las protuberancias (elogio enfermizo de la subjetividad, repetición de tópicos), costras en los textos (ausencia de contenido más allá de las tramas básicas, reescritura interesada de la Historia), y, por último, caen en un estado de languidez. «Los conejos son de la misma naturaleza que las liebres. Magninus (Regimen sanitatis, III, 17) los compara a la vaca, el cerdo y la cabra. Sin embargo todos aprueban los conejos jóvenes como buenos. Generalmente, todas estas comidas que son tan difíciles de digerir producen melancolía» Robert Burton, Anatomía de la melancolía, (1621). La mixomatosis y la neumonía hemorragicovírica han diezmado la población de conejos ibéricos. La crítica literaria no ha dado noticia, todavía, de este acontecimiento.

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