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Manuel de la Fuente / ABC

Fue poeta de vuelo íntimo y cercano. Y fue impresor, de los imprescindibles. Vivió al pie de la letra de los demás y también de la suya propia. Y lidió con la poesía cuerpo a cuerpo y tipo a tipo (bodoni, helvética, garamond, …), en todo lugar y circunstancia. Una vida al pie de la imprenta que rescata con todo lujo de detalles «Manuel Altolaguirre. Impresor y editor» (Univ. de Málaga/Residencia de Estudiantes), un libro del profesor Julio Neira, que no deja ni un punto sin posarse sobre cada i en la obra del malagueño y que incluye un exhaustivo catálogo de todas sus publicaciones. «Pues sí, ángel -escribió Aleixandre-. Porque el que no haya conocido a Manolito en sus veinte años, poeta y codirector de «Litoral», no ha conocido lo que todos decían que era: un ángel que de un traspiés hubiera caído en la Tierra y que se levantara aturdido, sonriente… y pidiendo perdón».

Primero fueron la imprenta Sur y la revista «Litoral», Una revista que marcó una época (aunque Lorca y Guillén se tiraran de los pelos por las erratas en sus poemas), que dio voz a una generación, que sirvió como cauce, cristalino cauce, por el que echó a navegar la lírica del 27. Sur y «Litoral» pasaron a mejor vida en la primavera de 1930, aunque a los pocos meses, con unos ahorrillos, Manuel puso en marcha «Poesía», otra de sus aventuras tipográficas, de la que el maestro Azorín dejó escrito en ABC: «Placer intenso al ir recorriendo línea por línea las poesías de los dos cuadernos…».

Sin embargo, el inquieto Manolo dejó pronto Málaga, camino de Madrid, luego de París. Casi siempre ligero de equipaje, aunque eso sí, con la imprenta a cuestas, durante toda su vida. De vuelta en Madrid, conoce a la también poeta Concha Méndez que se convertirá en su esposa, su socia capitalista y su más eficiente colaboradora. Son los años de la República y de la revista «Héroe», de «1616» y de «Caballo Verde para la Poesía», con Pablo Neruda como director. En «Héroe» se avanzaron poemas de «Poeta en Nueva York», de Lorca; de «Los placeres prohibidos» y «Donde habite el olvido», de Cernuda: de «Espadas como labios», de Aleixandre; y el combativo «Un fantasma recorre Europa», de Alberti. Con la Guerra Civil, el horno no está para bollos, menos para imprentas. Durante la contienda, Concha Méndez y Manuel Altolaguirre se integran en la Alianza de Escritores y Artistas Antifascistas, decidida toma de partido de Altolaguirre, a pesar de que sus hermanos Luis y Federico, y su amigo de juventud, el también poeta y paisano José María Hinojosa, habían muerto a manos de milicianos republicanos. Pronto volverá a toparse con las cajas y los tipos, siendo uno de los fundadores de «Hora de España», y cuando sea llamado a filas, en junio del 38, acabará de nuevo imprimiendo, casi en la trinchera, títulos como «España en el corazón», de Pablo Neruda, impreso por los propios soldados republicanos en un molino de papel. Los nacionales ganan la guerra. Sólo queda el pozo sin fondo del exilio: Cuba, México, y la imprenta La Verónica, y la colección «El Ciervo Herido». En 1950, Altolaguirre visita España y pasa por Málaga, de nuevo como un ángel. Su visita inspirará el nacimiento de la revista «Caracola». Nueve años después, volvió a su patria para presentar su película «El Cantar de los Cantares» en San Sebastián. En tierra española moriría (el 26 de julio, en un accidente de tráfico) aquel hombre que vivió siempre al pie de la letra, al que así recordó Neruda: «Fue un impresor glorioso, que con sus propias manos formaba las cajas con estupendos caracteres bodónicos. Manolito hacía honor a la poesía con la suya, y con sus manos de arcángel trabajador».

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