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Manuel Fernández-Cuesta

Plantas medicinales

Ando con astenia invernal, si se acepta la expresión. Será culpa de Conrad y su moralidad marinera de combate. Este estado de ánimo —propio de sociedades de libremercado— no figura, intuyo, en las ordenanzas médico-laborales así que no me veo con fuerza para pedir la baja. Arrastro las llaves por la editorial, subo y bajo la escalera, café y cigarrillos: las horas de custodia se dilatan. Leo la inquietante Vía revolucionaria de Richard Yates (1926-1992), tampoco ayuda, y comento mi malestar existencial, emocional, con George. Estas cuestiones —su padre combatió en Stalingrado— caen lejos de su universo material y sonríe con cierto desdén. Encuentro la solución perfecta: ayahuasca. Ayahuasca, en quechua, significa «enredadera del alma» o «soga del ahorcado». «Enredadera del alma» es una elegante metáfora, casi un concepto intuitivo. Burroughs y Ginsberg, lejanos cincuenta, probaron sus efectos alucinógenos. El consumo moderado, ingesta controlada por un experto o chamán, provoca telepatía (innecesaria en mi caso), comunicación con los espíritus (no creo en divinidades mayores ni menores), adivinación (lo que me faltaba) y curación de males espirituales ligeros (me conviene). Encuentro una obra maestra reeditada por Península: Plantas medicinales. El Dioscórides renovado del sabio catalán Pius Font i Quer (1888-1964), profesor de Farmacia y Botánica en la Universidad de Barcelona. La ayahuasca es conocida en algunos lugares de América como tigrehuasca, monohuasca, indihuasca, cielohuasca y culebrasca, entre otras líricas y espectaculares denominaciones. Me adentro en las sombras y siento la caricia de una mano tatuada. Que Lenin, ora pro nobis, me proteja.

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