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En 1962 se publicó Un día en la vida de Iván Denísovich en la revista moscovita Novy Mir. Su autor era un ex presidiario que, después de pasar por la cárcel de la Lubianka y por varios campos penitenciarios desde 1945 por criticar a Stalin en una carta, había recalado en 1950 en el campo de trabajo de Ekibastuz (Kazajistán), al sur de Siberia, en el que estuvo hasta 1953 para luego ser desterrado, hasta 1956, en el pueblo de Kok Teren. Corrían los tiempos de la desestalinización de Jruschov y éste apoyó la edición de la novela de Solzhenitsyn, que es la crónica de un día en la vida de un preso de un gulag siberiano durante el «reinado» del Vozdhe, y que, a pesar de su título y su concepción de regusto joyciano, está en las antípodas, formalmente hablando, del Ulises, por no hablar ya de la diferencia también abismal de intenciones.
Repercusión. El libro tuvo una gran repercusión dentro y fuera de la URSS, pero con la llegada al poder de Breznev volvió la censura y sus posteriores novelas, El pabellón del cáncer y El primer círculo, sólo pudieron ver la luz en copias clandestinas. Ni siquiera la concesión a Solzhenitsyn del Premio Nobel de Literatura, en 1970, le permitió publicar en su país la primera parte de la que sería su obra más conocida, Archipiélago Gulag, un impresionante y minuciosamente documentado análisis del sistema de los campos de concentración soviéticos, que se editó en París en 1973.
Cuarenta y seis años después del hito de la publicación de Un día en la vida… Tusquets ha editado, en una nueva traducción, la versión íntegra -la que salió en Novy Mir fue «aligerada»- de esta novela de narración sobria, directa y descarnada. Su protagonista, Iván Denísovich Shújov, es un ejemplo de una de las incontables infamias de Stalin contra su pueblo: como muchos soldados soviéticos, pudo escapar de los nazis que le habían hecho prisionero, pero termina en un campo de concentración acusado de espionaje a la URSS porque, en su manía persecutoria, el Vozdhe afirmaba que se habían dejado capturar adrede; de hecho, se negó a reconocer la existencia de los prisioneros de guerra soviéticos y éstos no pudieron ser socorridos por la Cruz Roja.
Atentados. Las veinticuatro horas de Shújov en un campo de trabajo siberiano no son sino una lista aterradora de atentados contra la vida y la dignidad humana, y en ese sentido la importancia testimonial de esta novela es excepcional porque fue el primer escrito que consiguió romper la ley del silencio del régimen soviético en la propia URSS y que además abrió los ojos a la intelligentzia occidental que había apoyado el estalinismo.
Dicho esto, ahora tenemos que confesar la duda que nos suscita la frialdad narrativa de esta novela: su protagonista, y el resto de los personajes del libro, apenas tienen entidad, casi no conocemos sus sentimientos y los únicos pensamientos que de ellos nos llegan son los de carácter práctico, los relacionados con el trabajo del campo; de hecho, y curiosamente, hay más vida, más elaboración psicológica y emocional en Archipiélago Gulag, una obra con más peso documental, que en esta ficción, si bien hay que tener en cuenta que entre la redacción de Un día en la vida… y la de Archipiélago Gulag median por lo menos ocho años y la madurez juega a favor de este último título.
Pero, por otro lado, bien pudiera ser que Solzhenitsyn optara premeditadamente por esa gelidez narrativa para mostrar la alienación de los presos de los campos de concentración a los que el hambre y el frío y los castigos habían convertido en bestias que sólo podían pensar en sobrevivir; no en vano, este clima maquinal de despersonalización recuerda a los escritos de ese genial visionario de los grandes horrores del siglo XX que fue Kafka, más en concreto a sus relatos La colonia penitenciaria y La muralla china, éste último especialmente evocado en la exhaustiva descripción que hace Solzhenitsyn de la construcción de unas paredes por los presos.
Sea como fuere, a pesar de lo que puedan pensar los puristas, el valor testimonial de algunos libros es tan extraordinario que se impone inevitablemente a su valor literario. Se trata de libros que todos tenemos la obligación moral de leer, y no tenemos ni la más mínima duda de que uno de esos libros es Un día en la vida de Iván Denísovich.

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